sábado, 7 de diciembre de 2019

Supersticioso al fin

ESTÁ BIEN TEMER

🧿De niño me asustaban con el “hombre de la bolsa”. Quizás era un señor simpático... nunca lo supe. Desafortunadamente, no llegó. A mí me generaba más curiosidad que miedo:

¿Qué llevaba en la bolsa? ¿Podía usar maleta? ¿Era un hombre sin hogar? ¿Por qué no se quedaba en su casa? ¿Tenía trabajo? ¿Le gustaban las golosinas de chocolate?

Era un niño, me cuestionaba todo, y así fue como nunca lograron asustarme. Todo se resumía en un seco:
Dormite o te doy un chirlo en la cola.

Sin embargo, no puedo negar que tuvo sus efectos secundarios. Crecí creyendo en todo tipo de supersticiones: el mal de ojo, la culebrilla, el empacho, la llorona, el chupacabra, los pitufos asesinos, Mr. T, los juanetes y hasta las patas de gallo.
No era miedo… era otra cosa. No sé, algo inusual, difícil de explicar.

En mi adolescencia, vivía casi de acuerdo a lo que las supersticiones me dictaban. Si conquistaba una mujer en primavera, la relación sería floreciente. Si era en invierno, seguramente fría. Había otros factores, claro: si se pintaban las uñas de los pies, si sabían hacer tortas fritas, si usaban toallitas perfumadas
Todas las mujeres tenían que superar esos obstáculos invisibles para tenerme en sus brazos.

Lo mismo se aplicaba a la escuela. Si la profesora cumplía años en cierta época, podía ser favorable… o no. Si era de diciembre o agosto, los exámenes cambiaban su suerte. Por ejemplo, si me iba mal en cinco seguidos, el sexto tenía que salir bien, así que planificaba mis materias para esperar la sexta oportunidad.

Después, esto se trasladó a cada trabajo que tuve. Si el nombre de la calle era positivo, podía ir bien. Si la altura del domicilio era nefasta, el resultado sería catastrófico. La numerología importaba: si la suma daba número impar, era fracaso seguro. Si era par y mayor que 6, podía ser digno.

Mi vida estaba regulada por señales. Si me enfermaba con luna llena, temía morir. Así que intentaba enfermarme en otras fases. Ante el primer estornudo, miraba al cielo. Si la luna era favorable, me tiraba en la cama a enfermarme tranquilo. Si no, aguantaba unos días hasta desfallecer con seguridad.

Todo esto, claro, era de gran ayuda para el azar. Empecé a apostar según señales cósmicas: si encontraba una moneda, jugaba al treinta y dos. Si veía una caída, al cincuenta y seis.
Pero los números debían tener un seis o sumar seis, de lo contrario, la derrota era fija. Tenía toda una estrategia cabalística.

Luego descubrí el mundo cibernético. Mandaba cadenas de mails: si las reenviaba a cinco personas, los poderes divinos me protegían. Si no, podía morir esa noche. Así que cada noche, me sentaba a reenviar las cadenas de protección como quien reza.

Después llegaron las redes sociales. Le mandaba mi número a Dwayne Johnson, compartía estados de adivinación, imágenes del hijo de puta de la suerte o de la muerte. Para el caso, era lo mismo.

Hoy, se puede decir que soy un hombre mayor. No me quejo de la vida. Nunca terminé los estudios, no tuve continuidad laboral, no me voy a pensionar. Estoy soltero, y vivo debajo de la autopista. Pero cada día disfruto mi vida.

Y como no soy tonto… fui al templo y me bauticé. Uno nunca sabe.


domingo, 1 de diciembre de 2019

El hombre que da pena



YO TAMBIÉN LA TENGO CHIQUITA


📉No puedo decir que mi problema sea grande, pero puedo afirmar que es serio. Bah... ¿qué problema no lo es? No quiero sonar egoísta, pero el mío puede ser bastante desagradable, y no solo para mí: desafortunadamente, tengo que compartirlo.

La mayoría lo calificaría de “embarazoso”, pero esa palabra no le hace justicia. Más bien, es todo lo opuesto. Puedo decir, sin exagerar, que tengo un problema muy pequeño. No es genético, no es una enfermedad, ni una malformación… es casi una formación.

Ya no me avergüenzo, pero aún siento algo indescriptible. Sí, lo confieso: no tengo un pene, tengo una pena. Sería demasiado generoso llamarlo de otro modo. Es casi imperceptible. La última vez que fui al médico, lo estudiaron con un microscopio.

La primera vez que estuve con una mujer, a oscuras y a punto de experimentar el amor carnal, creyó que la picaba un mosquito en la intimidad. Me arrojó aerosol venenoso (eso sí que arde). Luego me vio desnudo y dijo:
—Te está picando a vos… ¡sos lesbiana!
Y salió corriendo desnuda, gritando, para nunca volver.

Fue doloroso. Con el tiempo me enteré de que en el barrio dudaban si era hombre, mujer, andrógino o engendro. Como nadie se me acercaba, llegó un punto en que tuve necesidades masculinas, y para masturbarme necesitaba una pincita de depilar... y una lupa.

Busqué ayuda por todos lados: hospitales, doctores, Internet. Probé con productos químicos, naturales, incluso con el Flautista de Hamelin. Nada. El mejor cirujano del mundo me dijo que la mejor opción era el cambio de sexo. Un día probé inyectarme uranio... no creció, pero empezó a explotar.

En mi matrimonio, todo fue peor. Cada vez que teníamos relaciones, mi esposa no llegaba al orgasmo... porque le daban cosquillas. Lo intentamos de muchas formas. Hasta que algo cambió: ella empezó a aprovechar ese momento para hablar por teléfono. Cuando yo la miraba a los ojos, decía:
—¿Ya terminaste?
—No había empezado...

Para ella, tener relaciones conmigo era ganar tiempo. Mientras yo estaba “ahí”, ella aprovechaba para hacer otras cosas. Una vez, perdió el escarbadientes y usó mi miembro para limpiarse los dientes. Así fue mi primer sexo oral.

En la desesperación, compré vibradores, consoladores, incluso uno con arnés. Pero las instrucciones estaban en chino… me lo puse al revés. Sentí algo increíble. Ella no. Hasta que aprendí a usarlo. Cada vez quería más. Terminé comprando un matafuegos. Ahí se calmó.

Ella me ama, aunque se consiguió dos amantes (porque le daba vergüenza tener solo uno). Nunca me reprochó nada, ni siquiera que salpicara el inodoro. Por eso la amo. Una vez tomé un viagra… me miré y parecía un fósforo. La llamé:
—Mi amor, me tomé un viagra. En cinco minutos llego.
—Te espero en cuatro —me dijo. Tuve que apurarme

Ella siempre decía que yo tenía la silueta de una estatua griega. Le respondía que en la Antigüedad, era bello tener el miembro pequeño. Por eso las estatuas eran así.
Ella sonreía y decía:
—Mi amor... también estaba bien visto tener relaciones entre hombres. Y ni Cupido la tiene tan chiquita.

Harto de la miseria y las burlas, llamé a los del Récord Guinness. Vinieron. Me examinaron. Hicieron todo lo necesario. Pero no pudieron medirlo…
No tenían cómo registrar medidas menores al milímetro.


jueves, 28 de noviembre de 2019

El asesinato del fiscal Natalio (La verdadera historia de una falsa investigación)





Muerte de nisman


⚖️ La noche del fiscal

Era 17 de enero. Esa noche, densa y húmeda, había tentado al azar… y no me hice millonario. Cuando ya no tenía nada en los bolsillos, caminé hasta el Falcon, me puse el uniforme y calcé mis zapatos.
Escuché un poco de cumbia para animarme y salí a dar unos pasos, como buscando consuelo. Las prostitutas eran una tentación a la entrada de la villa —aunque todas eran menores de edad—. Sin detenerme, terminé paseando por el barrio más exclusivo de la ciudad. Me apoyé en la baranda de un dique antiguo y, con ganas, arrojé al agua el libro:
“Método infalible para ganar en el casino”.

El calor era violento. Con la depresión de quien solo le queda el orgullo por su labor, continué con pasos pesados. Hice unos metros… y el azar tenía algo preparado para mí.

Vi a dos masculinos con traje, de corte propio de un servicio secreto, rociando con combustible a un NN (persona no identificada). Me camuflé para estudiarlos y evitar el peligro. Como policía —y orgullo de la fuerza— podría haberlos enfrentado, pero no conocía la situación.

Con precaución, me acerqué y escuché uno decir al NN:

—Te interrumpimos el polvo, pero el fiscal se va feliz.

Sonrió de forma socarrona.

Pensé que el NN era un cabo suelto. Llamé al servicio de emergencia, di la ubicación y corrí unos metros. Miré la fachada: “Torre Le Parc”.

Cuando iba a contactar al comisario, llegó una combi sin patente, de la que descendió el secretario nacional de seguridad, hablando por celular. Varias patrullas lo escoltaban. Aquella era mi oportunidad.

De forma natural y decidida, me acerqué a la combi y descargué junto a la comitiva. Entramos al edificio. En el ascensor, el secretario dijo:

—Acuérdense bien lo que hablamos… Llamaremos a una fiscal amiga que ya está al tanto… cuando llegue, tiene que encontrar el cadáver del fiscal más famoso del país.

Tomó su celular y dijo:

—Ya estamos entrando… quédate tranquila, Cristina, te tengo al tanto…

Al llegar, la puerta estaba cerrada. El secretario exclamó:

—¡Qué pelotudos!
—Vayan a traer un cerrajero de confianza, que no pregunte nada… no quiero tener que bajar a nadie más…

Mientras esperábamos, el secretario continuó hablando:

—No señora, la persona que nos hizo entrar ya no existe… la puerta quedó cerrada desde adentro… ahora viene el cerrajero… conviene que la madre vea que “es normal”, que no tenemos nada que ver…

Se escuchaban gemidos dentro del departamento… al fin, el cerrajero abrió.

El secretario, con tono repulsivo, entró primero al baño. Salió y dijo:

—Todavía se está muriendo el judío este… revisen todo, no quiero ni un post-it que mencione a Irán, ni a la jefa, ni a nadie de su entorno…
—A trabajar —finalizó con un aplauso.

Cada uno tuvo una tarea: revisar la notebook, el celular, los archivos; yo me encargué de guardar pruebas del fiscal agonizante. Mis colegas “limpiaban” la escena, pero el edificio estaba saturado de cámaras de seguridad.
Fotografié las camaras vigilando. Hice señas en código morse con mi encendedor pidiendo ayuda.

Llegaron otra combi y autos. Esperamos. Tomamos café. El secretario no soltaba el celular:

—Cristina: se está muriendo… limpiamos… no dejan cabo suelto… ahora empieza el circo… los iraníes están contentos…
—“Vos me cuidás a mí, yo te cuido a vos…”

Después llegó una mujer mayor (la madre) y el cerrajero entró por la puerta de servicio. Al abrir, todos mostraron asombro y dolor. Llamaron a una ambulancia. Era desgarrador ver a una madre descubriendo esto.

El fiscal estaba golpeado, nariz rota, con un orificio de bala en el parietal (atrás hacia adelante). La sangre recorría el baño.
Claramente, fue asesinato por al menos dos personas (para trabar la puerta). En la escena, el forense fingía trabajar mientras contaminaban todo.

Una colaboradora fue a peinarse frente al espejo… con el cadáver presente. El secretario ordenó a la fiscal que se recluyera en la cocina.

Entré al baño, observé el cuerpo y las manchas de sangre. Estaba claro: no fue un accidente.

Nunca había visto tanta corrupción impune. Me dolía el pecho, me avergonzaba.
Pensé en el NN rociado con combustible. No podía dejar las cosas así. Algo debía hacer.

En la cocina, la fiscal jugaba Candy Crush con el celular. Al sentir mi presencia, sus ojos reflejaban un solo deseo: dinero. Entonces escuché por el radio:

—Ya está todo quemado… espero instrucciones… cambio.

Apagué el radio. Sin despeinarse, la fiscal dijo:

—Por mí, no se preocupen…

Todo estaba perdido. La injusticia ganaba… una víctima era el precio de la impunidad. El aparato corrupto había cubierto este asesinato.
Las cámaras de la calle guardaban todo… pruebas estaban ahí, pero alguien tendría que hacerlos pagar.

Supe que la autora intelectual era esa Cristina. Los demás eran cómplices, pero el autor material… desconocido.

Volví a casa sin que nadie notara mi ausencia. Tomé una pastilla relajante, me acosté y dormí…
Esa noche soñé con el fiscal pidiendo ayuda, la fiscal riéndose, el repugnante rocío de cocaína, el NN rogándome socorro.
Fue un sueño doloroso.

Al despertar, encendí la TV:
“El fiscal que investigaba el atentado a la AMIA apareció muerto”.

Corrí a la comisaría y conté todo al comisario. Su respuesta fue:

—Lamento que hayas estado allí…
—Lo mejor ahora es pedir tu traslado al interior, donde no te encuentren más.

Y ahora estoy en un pueblo que no figura en los mapas, donde sólo Dios me conoce. Aquí observo cómo la injusticia continúa… allá, en la capital.



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lunes, 25 de noviembre de 2019

El síndrome de Chacho Alvarez

EL HUMOR QUE NUNCA SE VA...


📚En mi juventud, no fui solo un incomprendido —aunque a la RAE le moleste—. Había aprendido de un señor llamado Voltaire que, cuando las leyes son injustas, lo correcto es desobedecerlas. Y así, por mucho tiempo, me dediqué a estar en contra. Pero en mi época, cualquier engendro podía estar en contra de cualquier cosa, y como yo no iba a ser menos, llegué a estar en contra hasta de estar en contra.

Entraba a la peluquería y decía:
—No me quiero hacer un corte—.
Y luego me lo hacía yo mismo, frente al espejo. Así funcionaba mi vida.

En un momento encontré una mujer que creí podía ser mi compañera. Me hablaba de amor, y entonces, con la voz más rebelde que me salía, le decía con toda convicción:
—No quiero enamorarme—.
Acto seguido, teníamos relaciones extremadamente rebeldes, en contra de todos los mandatos sociales.

Intenté con la música, pero aprendí demasiado. Se puso de moda el punk, y descubrí que no hacía falta saber música para tocar. Luego vino el hip hop, y aprendí que ni siquiera hacía falta tocar para hacer música. No me quedó más remedio que dedicarme a otra cosa.

En mi búsqueda, necesitaba elevar mi mente, aprender lo suficiente como para tener una idea de lo que quería hacer con mi vida. Sabía que mi destino era el arte. Probé con la escultura, pero ni siquiera pude preparar bien el yeso. Intenté con la pintura, pero no me salía ni copiar un dibujo abstracto. Luego vino la danza, y tendría que escribir otra historia para relatar semejante fracaso estrepitoso. Nada de eso era para mí...

Fue entonces que mi padre me dio el mejor consejo de su vida:
—Si no servís para nada, andá al psicólogo a ver qué estupidez tenés—.
No puedo explicar el giro que eso le dio a mi existencia.

Empecé a hacer terapia. Organicé algunas cosas, pensé con claridad, me deshice de malos hábitos, adquirí otros… y en cada sesión llevaba anotado, en mi cuaderno, todo lo que había hecho en la semana. Así descubrí que las letras tenían un atractivo especial para mí. Empecé a leer a los grandes filósofos, tomar notas, razonar, escribir.

Y la luz llegó. Lo que padecía —eso de rebelarme contra la rebelión— no era otra cosa que el Síndrome de Chacho Álvarez. No, no es mi nombre. Ese señor fue el primero. Estaba tan en contra del sistema que fundó un partido político... y luego renunció después de ganar. Todo un ejemplo de liderazgo involutivo.

Así conocí mi pasión por las letras. Devore libros de autores que no solo hicieron historia con sus relatos, novelas, cuentos, obras de teatro, y poesías, sino que además me fascinaron por su vida, su narrativa, su prosa, hasta por las portadas.

Comenzó mi aventura literaria. Escribí de todo: ensayos, textos científicos, tesis, cuentos, poesía, artículos, y hasta novelas. En mis textos había de todo: romance, aventura, acción, comedia, misterio, crimen. Mi mente no tenía límites. No podía parar de crear contenido.

Me faltaba algo más: concursos. Me presenté en la editorial Losada, Bruguera, Argolla... en casi todos los concursos, algo mío estaba ahí. Recibí comentarios variados: “Genio”, “Trovador”, “Imberbe”, “Ingnoto”, y mi favorito: “Tomatelas”. Para mí fue suficiente.

A pesar de todo eso, no gané ni uno, ni por sorteo. Los concursos no eran aptos para mis escritos. Pero yo ya estaba enamorado de las letras. La literatura era mi vida. Era lo mejor que me había pasado. No podía concebir la existencia sin las letras. Y como no las quise abandonar...
Me hice crítico literario.

jueves, 17 de octubre de 2019

Ritual





El viento silvaba con toda su fuerza en la oscura y tormentosa noche, el cielo parecía estar más bajo que el mismo suelo y los truenos hacían temblar cada milímetro del suelo que pisaba, la lluvia de gotas grandes, gruesas y pesadas golpeaban mi espalda, parecía que tierra y agua eran lo mismo, no podía verse a mas de unos centímetros de distancia, y sin más luz que la que los rayos daban, sólo podía observar sombras, sombra de humo, sombra de una casa abandonada, sombra de siluetas, sombra de maldad, sombras de un ritual…
Cómo si esa misma noche fuera la última noche de la historia, decidí que no podía perder nada entrando en esa casa, luché contra el viento, contra la lluvia, y al fin llegué al portal, la puerta estaba abierta, y parecía deshabitada, pero para mi sorpresa, si  podía perderlo todo,
En su interior, estos seres parecían no temer a recitar versos en una lengua ininteligible, mientras el viento hacía flamear los harapos con los que se cubrían, y sus voces sonaban en forma coral, como si el viento soplara en sus cuerdas vocales en dirección opuesta, y el viento continuaba, cada vez con más fuerza, hasta las maderas en el piso se desprendían, las tejas iban desapareciendo una a una dejando que el cielo, el viento y el techo se fusionaran en una nada de otra dimensión.
Uno de ellos dio un estrepitoso alarido, y entre las penumbras pude verlo como se clavaba un puñal en su pecho, y como si no sintiera dolor alguno lo revolvía dentro suyo como si quisiera agrandar la herida, mientras disfrutaba del dolor y sufría a la vez, en una mezcla de llanto con carcajada.
Inmediatamente  una hoguera  se encendió mágicamente, pero no se veía mas que la brasa al rojo infernal, quizás el viento no dejaba que las llamas puedan extenderse, pero permitió que descubriera un altar, y una ofrenda, y con la iluminación que los rayos me proporcionaban continué observando el ritual y paralizado ante lo que mis ojos veían y el resto de mis sentidos percibían, no podía más que continuar viendo como retorciéndose y gritando una palabra extraña como “Necrus nectus”  se elevaba mientras parecía estar perdiendo su alma.
 El resto de ellos coreaba sin cesar, y en un baile maléfico agitaban sus siluetas, a la vez que el cuchillo iba desintegrándose dentro del corazón de ese inhumano ser que continuaba levitando y gritando.
No podía perder la razón en un momento así,  pero tampoco podía quedarme inmóvil, necesitaba hacer algo, mi corazón me decía que haga algo, mis sentidos me pedían acción, esto no estaba bien, algo andaba muy mal, no podía perder la oportunidad, mientras el rayo más potente de la historia caía a escasos metros golpeando con su furia el suelo, y castigando toda forma de vida,  me abalancé sobre ellos y tomé la cabra para evitar el sacrificio, ellos no me prestaron atención,  entonces decidido a escapar y dejar que el fuego los consuma, con toda mi fuerza volqué el fuego de esa hoguera de una patada y me dispuse a escapar con el animal en brazos, pero fui muy iluso…
Intenté con todas mis fuerzas arruinar el ritual, pero una fuerza ajena inmovilizó todos mis músculos y por más voluntad que pusiera, no podía moverme, mis sentidos no me respondían, a duras penas podía respirar, y sentir como mi corazón quería salir de mi pecho como si lo estuvieran extrayendo, pronto comencé a sentir dolor, y más dolor, y más, sentía que mis ojos querían salir de sus órbitas, sentía que se me desgarraban cada uno de mis miembros, pero siempre fui bueno soportando el dolor, y soporté y soporté aunque caí de rodillas en el altar luchando contra esa fuerza que me inmovilizaba hasta que comencé a ver el puñal que se había desvanecido en el pecho de ese ser inhumano, dentro mio, justo en mi pecho, como si alguien me sujetase, y alguien más me apuñalara, pero no había nadie, sólo sombras, sombras de siluetas, sombra de maldad, sombras poderosas.
No pude más que gritar desgarradoramente y lancé desde muy dentro mio un alarido sordo que retumbó junto al eco del trueno que acompañó mi voz “¡Necrus nectus al infierno!”
El viento desapareció, la tormenta de dispersó, las brasas se congelaron, mis músculos comenzaron a responderme, y a mi alrededor solo se divisaban los harapos que antes flameaban, tirados en el suelo, un crujido de maderas me alertó de un nuevo peligro, y de un salto comencé a correr de la estancia, a la vez la construcción comenzó a derrumbarse, y cuando me alejé lo suficiente, miré hacia atrás, se escuchaban nuevamente los alaridos, se veía una llama rodeando la figura de ese inhumano ser, se veían rayos atravesándolo, y el sol comenzó a irradiarle sus rayos, mientras seguía gritando con desesperación, y aunque parezca increíble, observé como su fantasmagórica figura abandonaba su cuerpo mortal en un desfile de almas hacia lo que aparentaba ser la puerta al infierno…
He intentado explicarme estos sucesos una y otra vez, he sido prudente en cuanto a comentarlo, he intentado calmar mis pesadillas, y encontrar otra respuesta para la cicatriz que llevo en el pecho, aún no consigo encontrar una respuesta lógica, lo único que logré fue acariciarle la barba a otro ser.

lunes, 14 de octubre de 2019

Esclavo en tu corazón






El Articulador - Esclavo en tu corazón.


Quiero atravesar tu corazón
Alguna noche calor…
Quiero besarte con pasión,
Y acariciarte con amor.
Quiero tenerte en mis acordes
Y en tus ojos poderme ver,
Quiero rimar la sensación
De tenerte en mi corazón.
Quiero escuchar de noche
Muy cerca mio tu respiración…
Quiero decirte lo que siento
Pero seguro lo sabes
Quiero, si no puedo ser dueño…
Esclavo en tu corazón
Quiero dejar de escuchar
Mis pisadas sobre hojas secas
Quiero verte entre rosas
Florecer en un jardín en primavera.
Quiero quererte una vez mas
Quiero muchas cosas es verdad…
En especial… tu amor


jueves, 10 de octubre de 2019

Murria



Calmando mi altrofagia
Con decepciones inefables,
Asoma de a poco esta disforia
Este demencial conticinio.

En mi corazón la selenofilia,
Y su infernal limerencia
Como si no lo supiera…
Aunque deleznable parezca.

Sin más recuerdo dentro mío
Que una flor en el hojal,
Como lápida en la recoleta
Y un epitafio sin terminar.

En el arrabal una milonga triste,
Y una pebeta con una cadera firme,
Los tamangos bien lustrados,
Y un salón de fiesta silencioso.

Un gastado “hasta siempre”,
Con mucho eco y sin respuesta,
En donde “taita” ilumina
La oscuridad de esta estrella.

lunes, 26 de agosto de 2019

Fierro, El crimen del pizarrón cuadriculado






📏Después de varios días pude calmar el insomnio, por fin había descansado lo suficiente. Estaba de muy buen humor, y parecía que sería otra noche tranquila. Pero, como no podía ser de otra forma, camino a la jefatura, me modularon un 33-12.

Respondí inmediatamente, pedí la ubicación y acudí al lugar. Era un edificio de departamentos de esos que sorteaban en los años mozos de mi abuelo. Subí al segundo piso por una escalera húmeda con paso firme y pesado.

Busqué la puerta, golpeé. No obtuve respuesta. Se oía el ruido de los televisores de todo el piso, pero detrás de esa puerta, ningún sonido. La luz del palier titiló, y luego… todo quedó a oscuras y en silencio. Como en una película de suspenso.

Mis sentidos se encendieron. Mis instintos se incendiaron.
Tomé mi arma reglamentaria, me preparé para entrar en combate, como en aquellos días de guerra, ese día frío de mucho viento en el desembarco de… bueno, eso es otra historia.

Quité el seguro, agudicé el oído. Se oía un suspiro mezclado con gemido.
Una patada. Otra. Tres. Derribé la puerta.

Irrumpí en la estancia. A la luz de la penumbra, vi a un masculino en el piso, haciendo un gesto obsceno y exhalando su último suspiro.

Corrí por las habitaciones, registré el lugar. No había nadie más. Volví al living, me persigné y elevé una plegaria.

En ese instante, volvió la corriente eléctrica. Un viento diabólico sacudió las cortinas. Las puertas y ventanas se cerraron de golpe.

El masculino llevaba un saco a cuadros. A su lado, una mancha de sangre fresca.
Me puse los guantes. Un escalofrío me recorrió la médula. Revisé sus bolsillos: sin identificación. Solo un llavero con una llave y un colgante con el símbolo “+”.

Miré el reloj de la chimenea: decorado con un señor de rulos sacando la lengua. Las agujas detenidas a las 22:01. Como en las películas policiales, ya tengo la hora de la muerte.

En una pared, un pizarrón gigante. Olor a tiza impregnando el aire. En él, una fórmula:

(x + a)(z + b) = + (a + b)x + ab

En la pared de enfrente, una biblioteca con títulos varios:
Lógica, Matemáticas, Sexo Tétrico, Sexo Tántrico, Sexo y Tríos.

Me acerqué al cuerpo. Aroma a alcohol y frutillas. Probablemente daiquiri.

Aproximadamente 80 kilos, 1.75 m de estatura.
Anteojos con aumento fuerte. Le desabroché la camisa: sin signos de violencia.
Bajé sus pantalones. Sus paños menores.
Nada fuera de lugar… salvo un tatuaje del símbolo “π” en la nalga izquierda, por la ubicación sería negativo.

Me senté en su escritorio. Revisé los papeles: todos con números. Claramente, esa era una obsesión.

Busqué en los cajones. Encontré un cuaderno a rayas, sin uso. El único sin escribir. El resto: cuadriculados y llenos.

En la habitación, una cama de dos plazas. Deshecha. Sábanas a cuadros, revueltas.
Con luz ultravioleta, no encontré rastros.
Abrí el placard: trajes iguales, todos a cuadros, corbatas a cuadros, pantalones a cuadros.

Revisé los bolsillos. Vacíos.
Hasta que apareció lo que me faltaba: el maletín de cuero a cuadros, con hebilla cruzada.

Adentro, más cuadernos cuadriculados, más libros.
Y la clave: una hebilla que decía “Profesor de Matemáticas”.

Entonces recordé las palabras de Don Miguel:

“Solo queda al desgraciao lamentar el bien perdido…”

Y lo entendí todo.

El misterio estaba resuelto. El hombre era un profesor de matemáticas.

Eso era todo lo que necesitaba.
Ya podía elaborar mi hipótesis: el cuerpo en el piso, la sangre, el silencio, los cuadros…
El profesor de matemáticas murió en un ajuste de cuentas

…o quizás murió porque tenía demasiados problemas.


lunes, 19 de agosto de 2019

Fierro y el topo






🌕Hacía muchísimo calor y me desperté de una terrible pesadilla. Me olvidé de todo, puse mi mente en blanco y me fui a trabajar. El trabajo siempre ayuda a olvidar las miserias diarias.
Me aseguré de estar bien equipado, como todas las noches. Me subí al Falcon, y mientras manejaba por el asfalto ardiente de la ciudad, comenzó a oscurecer.

Por el espejo retrovisor, vi cómo salía la luna llena por el horizonte. No parecía un buen presagio.
Mis sentidos se encendieron, mis instintos se incendiaron.
Nuevamente, la noche comenzaba con un sabor extraño

Al llegar a la delegación, mis compañeros me observaban inquisitivamente, aunque todos saludaron con la camaradería habitual.
En el vestuario, el comisario me llamó con un sordo grito. Inmediatamente me puse de pie, acomodé la corbata, la gorra y me presenté en su oficina.

Pasé sin golpear. Otra vez, la mirada inquisidora.
Con un ademán me invitó a sentarme y, sin introducción, me dijo que la corrupción había llegado al destacamento.
Había un topo, un soplón que filtraba información a los de Asuntos Internos.
Mi deber: investigarlo, identificarlo y neutralizarlo.

Me puse de pie con náuseas. Me avergonzaba tener un compañero así.

Porque “yo primero sembré trigo, después hice un corral, corté adobe pa un tapial…”

¿Y este iba a ser un camarada? No. Era un gusano.

Me senté en el centro del salón, los observé disimuladamente, cerré los ojos, escuché sus conversaciones, uno por uno…

Estaba Moreno de Tránsito. Lo seguí discretamente.
Descubrí que manejaba a los piratas del asfalto. Todos los robos a camiones autorizados por él.
Fotografié todo. Lo tenía.

Regresando al Falcon, vi unos cacos tratando de abrir un auto. A la vuelta, Salguero, el jefe de calle, vigilaba. Era el encargado del robo automotor.
Nadie podía levantar un vehículo sin su porcentaje.

Doblé discretamente en el boulevard. Las chicas me reconocieron.
Se acercó la Yoli:
—Ya le pagamos a Romero, el jefe de patrulla —me dijo.
Resultó ser el encargado de la prostitución. Grabé la conversación.

Encendí un cigarrillo, seguí manejando, razonando, recordando.
En la colectora de la autopista, había picadas y apuestas ilegales.
Desde el otro lado, vi a Rivero, de la división motos, recolectando su parte.
Fotografié sin flash, me escondí en el Falcon.

Volvía la voz del comisario a mi mente:

“Encuentre al topo…”

Pasé por la plaza principal. Un verdadero supermercado de estupefacientes.
Éxtasis, cocaína, marihuana, paco, LSD, viagra y buscapina.

Cerré las ventanillas, me saqué el uniforme, me puse anteojos oscuros, me arranqué una manga y me camuflé entre los clientes.

No me decidía, así que llamaron al capo: apareció Benítez, el de la fotocopiadora.
Encargado del narcomenudeo.
Me reconoció, me regaló un paco y dos genioles. Nos despedimos.

Volví al Falcon. La voz del comisario insistía. Las náuseas seguían. Las ganas de disparar mi arma, también.

Llegué a la delegación. Me lavé la cara con agua fría.
La frase seguía:

“Encuentre al topo…”

En el baño, en completo silencio, sonó la alarma del banco.
Vi a la telefonista apretar un cronómetro.

Cinco minutos exactos después, avisó por frecuencia.
El subcomisario era el que administraba los robos a comercios en sociedad con la telefonista.

Salí. Encendí otro cigarrillo. Fui al patio, a mirar la luna.

Cargaban la camioneta del comisario con objetos robados de allanamientos.
Se me acercó Banegas, el nuevo.
Me hizo una señal para que viera la carga. Entendí todo.

Desenfundé como Ramón Falcón. Le volé la cabeza.
Escondí el cuerpo. Amaneció.

Llegaron los de Asuntos Internos. Se llevaron al de la limpieza detenido...


lunes, 12 de agosto de 2019

Fierro, Segunda Misión






FIERRO_SEGUDA MISIÓN

🛣️ Tengo varias opciones para viajar. Si voy en avión, ahorro tiempo, pero gasto las millas… y prefiero guardarlas para una ocasión final.

Los horarios del ómnibus son confusos para mi metabolismo. Incluso podría ir navegando y vivir una aventura, pero siento que podría perderme en ella y no prestar la atención necesaria a mi misión.

Quizás manejar sea la mejor opción.
El viaje de ida no me tomaría más de cinco horas, con las paradas recomendadas. Debo preparar mis cosas y el Falcon.

En mi equipaje, solo lo necesario. Ningún lastre de más.
Prefiero viajar ligero, pero el equipo completo ya es bastante pesado, y mi misión lo amerita.
Tengo que estar bien preparado

Mis colegas en la ciudad me informan sobre los sucesos, incluso los que no salen en los noticieros.
En mi destino, puedo encontrarme con lo peor de la sociedad.
La ciudad es conocida como la más sucia del país. La más corrupta.

Allí, distintas bandas se disputan el control: la banda de los monos, de los enanos y de los monos enanos travestis.
Entre ellos se disputan el negocio de las apuestas clandestinas, la venta de estupefacientes, el robo, los secuestros… y hasta el ringraje.

Desde las prisiones, a pesar de ser penitenciarías federales, continúan manejando a sus bandas.
Donde los jueces no pueden, no deben, o no quieren actuar. Muchos están comprados.
Incluso los fiscales pertenecen a alguna banda.

No solo el Poder Judicial, también el Congreso provincial: ahí, sus representantes obstruyen leyes, intercambian favores por papelitos de colores que guardan por un rato en el bolsillo, hasta que otra banda decide poner una bomba en la casa familiar de estos miserables corruptos.
Así se mueve la ciudad

Los kioscos ya no venden golosinas a los niños: ahora venden sustancias alucinógenas que ayudan a destruirla más rápido.
Y es una ciudad emblema nacional, donde se redactó la constitución, y cerca de ahí se izó por primera vez la bandera.

Me rehúso a creer que en ese entonces las cosas se hacían como hoy. No creo que los próceres presentaran la bandera diciendo que les “pintó el bajón”.
Es una vergüenza. Pero hacia ese infierno me dirijo… a cumplir mi misión.

La ruta no es difícil. Voy de la manera más discreta, sin llamar la atención.
Hago una parada para cargar combustible y descargar fluidos.
En la estación de servicio, la simpatía de la gente del interior me advirtió sobre los peligros por delante.
Pero no sabían de mi preparación, de mi logística, de mis informantes secretos, ni de mi equipo especializado.
Gente inocente

Sin inmutarme, actué como un verdadero citadino y continué.
Ya en los suburbios, las construcciones precarias y las inundaciones activaron mis instintos
Mis sentidos se incendiaron.

El tránsito se detenía. Al costado de la ruta, los autos recalentados generaban nubes de vapor.
Los ómnibus hacían temblar el asfalto. La policía caminera detenía a cada sospechoso.
Pero las bandas pirañas actuaban igual.
Los autos detenidos eran asaltados.

Camuflado entre el embotellamiento, que parecía armado por la propia policía —como si fueran cómplices— decidí aguantar la situación.
Si venían por mí, estaba listo.

Porque “yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno”.

Luego de salir de ese humillante embotellamiento, avancé unas cuadras.
Llegué a mi destino.

A cumplir mi misión.

Me puse la camiseta, el sombrero de pico, me pinté la cara y…

¡A alentar al campeón!
¡Olé, olé olé olé, olé, olé olá, olé, olé, olé, cada día te quiero má! 






lunes, 5 de agosto de 2019

Fierro, el agente...






🚨 Como todas las tardes, un segundo antes de que sonara el maldito despertador, abrí los ojos por instinto. Estaba abrazado a mi amor, y al escuchar el sonido, me levanté de un salto
Acababa de arrancar el día.

Encendí el televisor para escuchar las noticias mientras desayunaba. El noticiero advirtió que no sería un día común, que no sería fácil. Así que necesitaba estar firme, con todas mis energías

Bebí un poco de leche con avena y ralladura de hierro.
Lustré mis zapatos hasta ver mis agudizados ojos reflejados en ellos. 

Al hacer el nudo de la corbata, noté que comenzaba a oscurecer.

Estaba preparado, alimenté a mi fiel compañero, encendí el auto, y mientras esperaba que el motor calentara, dije mi oración diaria. Arranqué.

Mientras manejaba, mi mente estaba sensible… me puse a recordar y pensar…

“Es zonzo el cristiano macho cuando el amor lo domina…”, decía José. Y pensé:
Ya es difícil ser uno mismo… y más difícil aún ser parte de una institución tan cuestionada y seguir siéndolo.
¿Habré dejado de ser… para convertirme?

A veces me gusta creer que me convierto. Cada vez que me pongo el uniforme, siento que soy la mejor versión de mí, con más fuerza.

Como aquella noche fría y oscura, donde hasta la luna estaba prófuga, más aún con aquel apagón generalizada que paralizaba las actividades de la ciudad.

Por las calles, solo se veía oscuridad, y de vez en cuando, cuando las ópticas del Falcon me lo permitían, alguien corriendo con alguna caja gigante, otros golpeando a las prostitutas de la estación y quizás algo de sangre que brotaba detrás de algún desafilado cuchillo .

El deber me llamaba. No había tiempo para esas nimiedades. Aceleré hacia la delegación.
Unas cuadras antes, escuché sirenas. Intenté modular por radio, pero la sintonía estaba muerta.

Mis nervios se incendiaron, y mis sentidos se encendieron. Al llegar, vi a la delegación con luces de emergencia, en silencio...
Sentí una presencia maligna. Crucé el portal, tomé mi arma reglamentaria y avancé sigilosamente para defender mi posición.

A medida que me adentraba, sentía una respiración algo confusa. La luz era tenue, solo veía una sombra que se reflejaba en forma ascendente y descente.
Abrí la puerta de golpe… y en la oficina del comisario, encontré personal civil.

Era Sheila, acomodándose la falda para continuar con su trabajo. El comisario no estaba, pero me ofreció un descuento porque no había conseguido quitarse las herpes.
Tomé la billetera, pero me advirtió que no aceptaba tarjeta.
Nos despedimos como buenos amigos: un gran abrazo, una palmada en las nalgas y un puño chocando.

Busqué el termo para unos mates, pero el escritorio del comisario estaba cerrado con llave. Por suerte, me quedaba un cigarrillo.
Fui a fumar al patio, y otra vez, mis sentidos agudos me alertaron de una nueva presencia.

Desenfundé, cuerpo a tierra, como en mis días de academia. Recorrí en silencio los pasillos. Nadie iba a tomar esta fortaleza mientras yo respirara.

En el calabozo, encontré un masculino sentado en una silla. Parecía desmayado. Lo desperté como se despiertan los hombres:
Un golpe seco a mano abierta.

Comenzó a llorar. Otro golpe. Y otro. Y otro más.
Conmigo iba a confesar. Mientras más lloraba, más lo hacía hablar... o sangrar.

De pronto, volvió la luz. Se acabó el apagón. Vi el piso lleno de manchas de sangre, pero aún no tenía mi confesión.
Le di una última que me hizo arder la mano.

En ese instante llegaron mis compañeros. El cornudo de Sánchez traía el trofeo del campeonato interjurisdiccional.
Sepa el diablo cómo llegó a capitán del equipo

Me distraje un segundo. El masculino intentó escapar. De una corrida, se abrazó al comisario.
Todos desenfundamos a la vez. El comisario se emocionó… y también lo abrazó.

Resultó ser su hijo, que estaba de visita, luego de diez años sin verse.
Hecho ya todo un hombre… alto, fornido, prolijo como su padre y con algunas recientes heridas.

Seguramente su orgullo. El futuro de la fuerza.
Lo que todo comisario desea: un hijo que se convierta en el alumno que vence al maestro.

El comisario que sigue su rumbo en la política 

Pero si no me interrumpían…
Seguro confesaba sus verdaderas intenciones.