lunes, 18 de mayo de 2020

«Juego fácil»

 




🎱Sacudió las caderas hasta quedar enfrentada a mí. Las miradas del salón la siguieron sin disimulo. Cuando la tuve tan cerca, pude imaginar el sabor de sus labios, pero en un amague me susurró al oído, me mostró a mi oponente... y acepté la apuesta.

Siempre fui el mejor, y si tenía un motivo, lo era aún más.

Le pedí que trajera unos tragos y que tomara lo que necesitara.
El pobre inocente pretendía intimidarme con la mirada. Me dio lástima, así que lo dejé abrir el juego.
Cuando perdió el turno, no se imaginó que también perdería a la chica.

El ambiente se volvía denso, pero tenía el pulso firme, y mi reputación me protegía.
La bola 8 entró con furia en la tronera de la esquina.

Mi premio fue ella. Llevé mi trofeo hasta mi cueva.
Mientras viajábamos en la moto, sentí que no llevaba el viento en las velas, pero no le di importancia.

Al llegar, con el cristal de mi foto de graduación, picó el último gramo.
Lo que hicimos esa noche hizo que Satanás sintiera vergüenza, ella placer, y yo... una tremenda resaca.

Cuando me desperté, el departamento estaba vacío.
No tenía ni siquiera mi ropa interior.

Comprendí entonces que no siempre es bueno ganar, y que a veces es peligroso ser el mejor.

«El museo»


DIA_MUNDIAL_DE_LOS_MUSEOS



🎨Los artistas vemos el universo de un modo distinto, aunque solo seamos humanos. Nuestra cosmovisión es la pluralidad de pasiones: la de los críticos, la de los amantes del arte.

Soy un bohemio, construyo sin lógica ni razón. La fuerza que me impulsa proviene del sístole y diástole de mi corazón.

La inauguración de mi primera muestra como artista novel no podía fallar. Todo debía estar perfecto. Todo debía consagrarme.

Y el éxito llegó ese mismo día. La jet set de la ciudad bebía champagne, admirando mis obras y disputándose cada pintura con mi firma.

Por eso fui el primer defensor de la magnificencia.
Cuando el barman derramó el exquisito «Satanás» y todo se llenó de humo, las llamas transformaron mis pinturas en cenizas.

Y fue espectacular, magnífico, ideal.

Arte con energía.


Rodolfo Gonzalez



martes, 5 de mayo de 2020

Crónica para un amigo

ALVARO DÍAZ EL MEJOR


Todo esto fue una idea de mi editor, me propuso que escriba una crónica sobre distintos autores, como para animar a distintos lectores a leerlos y de alguna forma, fomentar la lectura. Por supuesto que me dio libertad de escribir sobre mis autores favoritos, ya que él sabía que eran muy variados. Ya llevo algunos años escribiendo  estos artículos, algunos parecen ensayos, otro cuentos, quizás alguna parezca una fábula, pero siempre está presente un mínimo de homenaje.
Y cuando parecía que ya no tenía más autores que admirar, encontré uno nuevo. Por supuesto que estos artículos son subjetivos, quizás si escribiera sobre deportistas sea más objetivo, pero ¿Cómo puedo serlo con gente a la que admiro?
Su origen es oriental, pero de este lado, más cercano que medianamente lejano, y tiene una elegancia en las letras que pocos en la historia de la literatura universal han conseguido antes. Es destacable en sus historias la búsqueda de la oración perfecta, la palabra puntual, el recurso divino, que se sucede en su narrativa como si fuera un poeta de la narración o el artista del arte en sí mismo.
Describe con un adjetivo un verbo, como si el sustantivo fuera una rosa, el texto el rosal, y el libro entero fuera un jardín, y como si fuera un jardinero profesional te lleva de paseo por un paisaje frondoso de imágenes profundas y elocuentes que te absorben hasta el punto de no querer dejar de disfrutar el paisaje que él construyó con tanta pasión.
Las circunstancias y tecnologías me brindaron los medios necesarios para acortar las distancias y poder «Conocer» de una forma, aunque sea efímera, al hombre que orquestaba como una sinfonía sin más batuta que una pluma en su puño y letra. Tenía la humildad suficiente, como Sócrates cuando dijo que era más sabio que los “sofistas”, era agradable y simpático, y la lluvia sonaba de fondo en nuestra primera entrevista.
Me contó de sus autores favoritos e intereses literarios en los que coincidimos de inmediato, y me invitó a su ermitaña privacidad… Accedí con gusto. Una vez en ella descubrí que él podía convertirse en lo que fue, un hermano mayor, padrino de inspiración, y amigo.
Sus narraciones tenían una mezcla de historia, con aventuras personales, y una gran imaginación, como si hubiese vivido sucesos grandiosos que nunca existieron, en los que él sí había intervenido, digamos que era una súper héroe sin tiempo ni lugar, pero a su vez, todos los tiempos y todos los lugares. Era testigo de maravillas que nunca existieron, y artífice de las de las que debieron existir.
Me llevó de paseo por una tragedia, me hizo reflexionar en la ciencia ficción, me dio un arma para poder luchar, y me dijo sin decirlo que aprendiera de mi propia humildad.
Supe de alguna musa que me dejó conocer y de la obra que le hizo crear, supe de sus dolencias y de su forma de llevar, de su soledad en el “destierro”, de su afanosa bondad, de cómo acompaña en la distancia al que necesite de su amistad, y supe disfrutar de todo lo que compartió sin necesidad y sin nada que esperar.
Cuando era más joven siempre había querido compartir una charla con alguno de mis autores favoritos, pero nací tarde para Dumas, para Quiroga, para Borges, y para alguno más, quizás no hubiere encontrado las palabras para entrevistarlos a ellos, pero la vida me dio un regalo inesperado, que fue compartir esta amistad con uno de mis autores favoritos, que está vivo, y que él me regala las palabras que yo no puedo encontrar.
Sus palabras sisean cuando no lleva puesta la prótesis dental, y suenan resignadas cuando mencionan la verdad. Estudia sin parar y se supera cada día más, dejando un rinconcito para los que lo seguimos de a poco muy por detrás.
El cautiverio marcó algunas cosas de su personalidad, eso en cualquier ser humano puede ser normal. Pero no en todos los casos este suceso mejora su don de nacimiento, así es como él demuestra en cada trazo de su pluma su superioridad. Por supuesto siempre con humildad.
Entre agradecer a quien me dio la vida, quizás alguna oportunidad, un instante de felicidad y haber leído su obra. Agradezco infinitamente hasta más allá de las estrellas, ser testigo de la fantasía que emana desde su perspectiva tan especial.
Podría haber hecho más de lo mismo, ser uno más, marcar el paso, seguir el ritmo. Podría y no lo hizo. Y por eso es el más especial. Quisiera frotar la lámpara y pedir con toda la fuerza de mi corazón, que nunca se acaben las páginas que él pueda crear. Que perdure en la eternidad aunque no lo pueda comprobar, que mis hijos lean y aprendan lo que solo él, con sus palabras puede enseñar.
Sé que no soy el único, pero también tengo la certeza de entender mejor que nadie lo que produce. En el mundo hay muy pocos «iluminados» que perduran. Así como Fiodor en su momento, Jules en aquél tiempo, hoy le tocó a él marcar el rumbo del futuro de las letras… de los que inventan y alimentan nuestros sueños.

¡Gracias Alvaro!



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martes, 21 de abril de 2020

La piel de Taguá




«No hay nadie que antes de entregar el alma no eche de menos tres cosas:
no haber podido gozar por completo lo que había ganado durante su vida,
no haber podido alcanzar lo que había esperado con constancia,
y no haber podido realizar un proyecto largamente pensado»
Las mil y una noches.


Al poco de finalizar la «gran guerra», no le gustaba estar bajo la «tutela» de los británicos. Para alguien nacido en la histórica «medialuna fértil» esta posibilidad no tenía razón de ser. Pero necesitaba algodón para continuar con sus negocios, y los nuevos tratados comerciales, no eran nada favorables. Por suerte para él, encontró otra Mesopotamia al otro lado del mundo, y como le habían recomendado… muy rica en algodón. Preparó su equipaje y se embarcó, cruzó el atlántico y se liberó de las tensiones de su nación, el aire del mar era en verdad terapéutico. Al llegar a América cambió de barco, y se adentró por un frondoso río de agua color marrón. Nunca había visto un espectáculo así, la vegetación comenzó a invadir el paisaje, y el hombre se sintió un aventurero. Desembarcó bien adentro. Y se presentó en un pueblito olvidado por el tiempo.

«El turco», como lo apodaron los lugareños, se hospedó en una estancia. Y hasta allí acudían como si fueran peregrinos los habitantes de la región. Le llevaban regalos como si fueran ofrendas para sobornar al extranjero. Le llevaban comidas, postres, productos artesanales, como telas y quesos de cabra. De esta manera, «el turco» comenzó a sentirse querido por la gente, pero la cosecha tardaba y al pobre hombre le pesaba la soledad y la necesidad de una compañía femenina.

Como suele hacerse en estos parajes, el fin de semana se organizaban festines. Un asado con cuero, mucho chamamé, y baile. Pero como tenían un invitado especial decidieron hacer  una especie de celebración para agasajarlo en el salón de la estancia. El hombre apareció vestido con atuendos autóctonos. Colgó  las túnicas y turbantes y andaba de alpargatas, bombacha de gaucho, camiseta blanca y pañuelo al cuello. En un principio fue muy festejado por los concurrentes, hasta recibió un gran aplauso generalizado, y entre baile, asado y ajetreo al hombre se le empezó a notar que en su entrepierna se manifestaba la necesidad de estar con una mujer. Algunas se avergonzaron, otras más picaronas murmuraban entre ellas, y la muchachada de inmediato recordó que el pobre hombre estaba solo, y como dice en las sagradas escrituras: «No es bueno que el hombre esté solo…»

Para resolver la situación alguien dijo de llamar a una prostituta, pero en el poblado nadie ejercía la profesión… Para ir a buscar alguna a la ciudad necesitaban de dos o tres días a caballo, y decidieron buscar alguna voluntaria. Luego se les ocurrió hacer un sorteo entre las solteras, pero las pocas que quedaban, ya estaban negociadas para casarse, lo que suponía un obstáculo… Nadie quiso hacerle el favor, ni tampoco poner en duda el honor de ninguna muchacha.

Al dueño de la estancia, Don Fulgencio. Se le vino a la mente pedir ayuda, pero no tan lejos. Cruzando el «río muerto» se encontraba la tribu de los «qom» o «Tobas», como eran conocidos. Ensilló unos caballos y partió con unos peones de confianza, no era mucho el trayecto, solo unas cuantas leguas. Por lo que al cabo de unas horas el estanciero pidió tener un encuentro con el «lataxala», que administraba la tribu. Le ofreció maíz, batatas, porotos, vacas y todo lo que se le vino a la mente, pero el cacique se ofendió y no quiso acceder.

Cuando emprendió la vuelta, creía que si no mantenía a su huésped contento, este quizás se canse y decida marcharse, no podía dejar pasar la oportunidad de concretar este negocio. Por lo que en su frustración de volver sin ayuda, se le vino a la mente una idea asombrosa… «La Teresita».

Como su nombre lo indica, había nacido el primer día de octubre, y sus padres que eran  fervientes católicos, la llamaron Teresita. La niña se crió en un ambiente muy riguroso, pero tenía un problema que nadie pudo resolver. Sufría delo que ellos llamaron «Fiebre vaginal», ya que para esa época, nadie hablaba de este tipo de trastornos.

«La Teresita» tenía un récord, desde que se hizo señorita a los once años, había tenido relaciones con los hijos de todos los vecinos. Luego con sus padres,  con algunas niñas, y hasta el párroco dejó colgada la sotana por unos minutos. Algunos vecinos  aseguraban que en varias oportunidades a la niña la encontraron viéndole la cara a dios con algunos animales. Las malas lenguas decían que cuando no encontraba ningún ser vivo se calmaba usando las cañas de pescar, porque sus manos eran muy delgadas y los dedos ya no los sentía. En la pulpería murmuraban que se compraba barras de jabón y les daba la forma. Pero todos aseguraban que alguien lo había visto, y nadie sostuvo haberlo visto.

Sus padres no soportaban la vergüenza y trataban de que por lo menos nadie contara las aventuras de su hija, pero  cuando la noticia no pudo taparse más, y antes de asesinar a la niña, buscaron soluciones. Primero fueron a ver al herrero, y este les fabricó un arnés para la zona del pubis con un candado, pero hacía mucho ruido, y se oxidaba muy rápido, por lo que la nena se lastimaba la entrepierna. Como esto funcionaba a medias hablaron con el cura y  la exorcizaron, pero tampoco dio resultados positivos. Y como no funcionaba nada, la llevaron con Grismilda,  «la curandera». Esta le lavaba esa zona con vinagre y sal, luego le hacía meterse hojas de ruda mezcladas con limón, y para cuando el deseo fuera irrefrenable tenía que ponerse un algodón impregnado con un brebaje de hojas de quebracho, y demás «remedios» caseros.

Cuando nada pudo curar su mal, la solución definitiva fue llevarla a una cabaña alejada, bien adentro del monte, donde nunca más fue nadie del pueblo.

Sus padres no soportaron la vergüenza, vendieron lo que tenían y se marcharon a la capital. «La Teresita» se quedó cuatro años viviendo sola. Un tío lejano le llevaba algunos víveres una vez por semana. Y así fue como en su soledad, se convirtió en mujer.

Hasta allí fue la gente del pueblo a buscarla. Cuando iban llegando, vieron cómo se alejaba un paisano al que nadie conocía, y «la Teresita» los recibió con algo de desprecio. Todavía les guardaba rencor por el destierro. Tras escuchar el pedido de sus antiguos vecinos  amantes, ella pidió algo a cambio, que la dejaran volver a vivir en el pueblo, una cabaña amplia, y que le llevaran alimentos de por vida.

Los vecinos pensaron que si aceptaban «el turco» podía hacerse cargo de las demandas de «la Teresita», así que no dudaron en acceder a sus demandas. Después de todo, el pueblo necesitaba tener contento al hombre…

La subieron al caballo, pasaron por la farmacia a comprar una barra de jabón y fueron a prepararla. La lavaron bien en las zonas que necesitaban, la perfumaron, la vistieron como si fuera una muñeca y la llevaron a la habitación  donde «el turco» no esperaba tener semejante regalo.

Cuando la puerta de la habitación se abrió, «la Teresita» dio un paso sin dudas y sin miedos, el hombre mostró una sonrisa libidinosa debajo de sus bigotes y se abalanzó sobre ella. Por un momento «La Teresita» se dejó llevar, pero el hombre se movía con mucha brutalidad, y lo que parecía que iba a ser placentero, se estaba tornando doloroso.

Para ser honestos, aún con sus «inocentes» quince años, «la Teresita» tenía más experiencia que «el turco», así fue que le hizo creer que él tenía el control, y al cabo de unos minutos, el tiempo que aguantó la necesidad, se manifestó sorpresivamente. Y con un quejido muy agudo, el hombre quedó al fin se liberó. «La Teresita»  aprovechó la situación para tomar las riendas. Ató al hombre por las muñecas al respaldo de la cama, y recorriendo suavemente su cuerpo con unos besos apasionados, también lo ató de los tobillos. Y así pudo dejar descargar la fiebre que la recorría por dentro.

Empezó haciendo volver en sí la parte que más necesitaba. Con ayuda de un poco de saliva y sus labios gruesos, no tardó en conseguirlo. Luego descargó con excesiva pasión la lujuria que estuvo acumulado durante tanto tiempo en la soledad del monte, por un lado o por el otro conseguió que el hombre la poseyera, de frente y de espaldas, de rodillas o en cuclillas, y cuando «el turco» estaba por estallar, ella cambiaba de posición. Llegó un momento que el hombre ya no entendía más nada y se encontraba embriagado y extasiado de tanto ajetreo. Así rendido, ella lo levantó y lo ató de una viga que cruzaba la habitación y continuó abusando de él, pero esta vez de pie, hasta que llegó la luz del sol.

Los vecinos escuchaban raros sonidos provenientes de la habitación y creían que se trataba de  palabras en árabe, nadie imaginaba que un hombre pudiera gemir tanto, y durante tantas horas, pero de pronto, los que aún estaban despiertos observaron como «la Teresita» bajó las escaleras y pidió mate y pan con chicharrones para desayunar.

Poco a poco comenzaron a despertarse y nadie se atrevió a preguntarle cómo había pasado la velada.  Se vivió un desayuno con extrema tensión. El mate se hacía largo en cada ronda, y el pan con chicharrón, no acababa de ser digerido, de pronto, los peones se miraban entre ellos y miraban a «la Teresita ». Las mujeres notaban que la piel de ella presentaba un color rosado y sonrieron con picardía.

Fulgencio, que era el dueño de la estancia, decidió romper el silencio:

-Nadie ha dicho buenos días…-

Y como un coro, todos lo dijeron a la vez, excepto Teresita que dijo:

-Buenos días, y mejor noche, ya tengo que terminar el desayuno, dejé al hombre esperando para seguir-

Los que estaban escuchando se alarmaron de inmediato, pero Fulgencio, adelantándose, le pidió que se acostara y descansara… -En seguida me ocupo de llevarle el desayuno al patrón, usted descanse algo mujer, ya seguirán con la suyo más tarde…-

Fulgencio le pidió a doña Rosa, su mujer, que le llevara el desayuno al pobre hombre –Debe estar agotado después de la noche que se pasó con «la Teresita», llévale el desayuno, que recupere algo de energía…- y sonrió picaronamente.

Cuando doña Rosa golpeó la puerta de la habitación, no entendió la respuesta del hombre, pero supuso que estaba despierto y entró, cuando lo vio desnudo atado a la viga gritó y tiró la bandeja,  por lo tanto, en escasos segundos todos acudieron en su ayuda. Al ver la situación, Don Fulgencio hizo salir a todos los que se presentaron en la habitación, y empezó a desatar al hombre. Lo observaba con asombro, nunca había visto a ningún hombre con tantas marcas de uñas, ni tan lastimado. Cuando lo sentó se puso los anteojos y observó con atención el  morado miembro varonil, con marcas de dientes y colgando como si fuera una fruta pudriéndose en la rama de árbol…

«El turco» durmió casi todo el día, y al anochecer cuando abrió los ojos ya estaba enamorado, «la Teresita» le ablandó el corazón y no podía pensar en otra cosa, de inmediato la mandó a llamar, y las noches se hicieron cada vez más fogosas y más largas, «el turco» encontró la felicidad en la llanura chaqueña.

El tiempo pasó apresurado y para el momento de la cosecha «el turco» había perdido unos notables quince kilos, la ropa le quedaba holgada, y hasta los bigotes le quedaron grandes. «La Teresita» también era feliz, parecía que la vida le concedió una segunda oportunidad y que su «problema» a los ojos de su hombre era su mayor cualidad.

Pero en poco tiempo, sucedió lo inevitable… A «la Teresita» le crecieron los pechos y las caderas, estaba en la dulce espera... El pueblo entero festejó la noticia, aunque resultara imposible de creer, la gente se contentaba porque de alguna u otra manera, «el turco» era ahora el responsable de los actos de su esposa. Creyeron que se la llevaría a algún país árabe.

«El turco» hizo los arreglos para mandar el algodón, primero en tren a la capital y luego en barco hasta el golfo pérsico. Luego se ocupó de comprar pasajes de barco para él y «la Teresita», y cuando tuvo todo listo volvió al pueblo a buscar a su mujer y prepararse para el viaje.

En «su» idioma, esa mezcla de castellano con árabe, intentaron ponerse de acuerdo, pero según los cálculos, el retoño iba a nacer en alta mar, por lo que ella le suplicó que esperaran al nacimiento para partir. Le pidió y rogó que no la hiciera parir en el mar, le daba miedo. Pero «el turco» no estaba muy convencido de la idea. «La Teresita» se encargó de convencerlo esa misma noche, y bien convencido quedó.

Don Fulgencio consiguió vender  la cosecha de algodón al empresario, los peones cobraron su salario, saldaron sus deudas y organizaron un festejo; había resultado un año próspero. Con lo recaudado, Fulgencio invirtió más para la próxima cosecha, compró un camión y les regaló un rico buey viejo que ya no iba a llegar al próximo año, para asar en el festejo. Esa noche bebieron, y comieron como si fuera su última noche, incluido «el turco» que ya casi no recordaba su religión… 

Esa misma noche, mientras la gente del pequeño pueblo descansaba luego de la gran fiesta, muy sigilosamente llegó la venganza.  El cacique se sintió herido en su orgullo, y el rencor lo llevó a tomar medidas drásticas. No era solo por la ofensa, otro motivo lo impulsaba…

Defendidos por la oscuridad entraron en la estancia, atacando con violencia a todo lo que se movía, pero los peones de Fulgencio eran diestros con sus facones, y gracias al «taita» y a pesar de haber bebido la última gota de la última damajuana,  ninguno encontró se encontró con la parca. Los tobas eran muchos más que los peones, pero poco a poco comenzaron a replegarse, y cuando el último de ellos logró montar su caballo, desaparecieron por el monte.

Todo pasó muy rápido, aún reinaba la confusión. Fulgencio calmó a su gente, que no paraba de quejarse. Los peones que estaban afuera le avisaron que no se habían robado nada, Fulgencio parecía confundido ordenó a Doña Rosa que atendiera a los heridos y el resto decidió hacer guardia hasta el amanecer. Pero el día a estaba clareando y no faltaba mucho para el desayuno, así que cuando terminó de poner vendas, Doña Rosa fue a llevarle el desayuno a «la Teresita» y cuando «el turco» abrió la puerta, Doña Rosa lo entendió todo.

Cuando el cacique y sus hombres llegaron a lo más profundo del monte, las mujeres esperaban su llegada con una gran hoguera. Bajaron a «la Teresita» y la llevaron frente al «lataxala» y este notó el embarazo, se enojó y profirió palabras como «iatedewa» «chivaxaic» «yasaqaget», con la rabia que tenía nadie entendía las palabras que salían de su boca, lo mejor que entendieron fue que la prendan fuego, que la intercambien o que se lleven esa mujer que se acuesta con todos.

El «pio'oxonak» intervino, habló a la multitud y les explicó que dentro de la «chivaxaic», había una alma fuerte, no es bueno quemarla, ni matarla. Les recomendó que la dejen en sus manos. Él sabía solucionar la situación, así que le hizo unas pintadas en su cuerpo, y la llevó caminando por el monte en la oscuridad hasta que «la Teresita» se encontró caminando sola.

En este pueblo no se conocían muchas cosas, entre ellas la furia de «el turco». Fulgencio no sabía como calmarlo, y el hombre creía que «Alá» lo había castigado por beber vino… el pobre gritaba, lloraba, maldecía todo junto, aunque nadie entendiera lo que él decía. Las paredes temblaban con cada grito del árabe, y todos entendieron que necesitaba ir tras su mujer, quizás hasta quería venganza.

Los hombres y algunas mujeres se ofrecieron como voluntarios, ensillaron los caballos, se armaron todo lo que pudieron y después de rezar un «Padre nuestro» partieron hacia el monte, cruzaron el «rio muerto» y esperaban encontrarse pronto con la tribu, pero no encontraron ni rastros. Los tobas se habían escapado cubriendo sus huellas. Los hombres de Fulgencio y «el turco» no se dieron por vencidos con facilidad se adentraron más y más, hasta que oscureció, no podían continuar la búsqueda en la noche así que acamparon. Fulgencio le explicó al pobre hombre que por algo le llamaban «el impenetrable» a ese bosque, así que les convenía dejar marcas y volver para que no vuelvan a atacar la estancia.

En el regreso pasaron por una cabaña perdida, en la que aún se veía lo que quedaba de una hoguera, y decidieron acercarse. Dentro de la cabaña se escuchó el ruido de los caballos y Grismilda salió a recibir a los hombres de Fulgencio con un farol en la mano. Al tener al hombre en frente le explicó:
-La gente del bosque no quiere mujeres embarazadas, no necesitan más bocas para alimentar, pero ustedes le robaron la mujer que atendía a todos los hombres de la tribu, eso no se le hace a los vecinos- todos se miraban entre ellos, pero «el turco» no entendía una sola palabra, entonces la mujer siguió…

-Me la dejaron acá cerca, llévense a la pobre niña, está sana, pero no le hicieron nada, ya falta poco para que nazca la criatura, si quieren tráiganla a parir, parece que no está en buena posición-
La futura madre subió llorando al caballo con «el turco» que le agradeció a la mujer por las palabras que no había entendido. Fulgencio le tiró varias monedas y como los caballos estaban nerviosos, galoparon por el monte con la esperanza de que la estancia estuviera como la habían dejado.

Encontraron todo en su lugar, y por unos meses más hubo paz. Hasta el día en que «la Teresita» tuvo contracciones, el parto era inminente. Ella le pidió que fuera  a buscar a Grismilda, «la curandera», pero «el turco» le entendió al revés y la llevó a ella hasta la cabaña de Grismilda.

Al sentir los caballos que se aproximaban, Grismilda salió a recibir a los visitantes con una gallina degollada en una mano y una pequeña hacha en la otra. Le preguntaron si podía asistir el parto, y a cambio, ella pidió una yunta de gallos colorados y una yarará viva. «El turco» mandó a uno de los peones a que fuera por el mandado, y la curandera suspendió el ritual que estaba haciendo, para comenzar el trabajo de parto.

Desde que había vuelto de la cueva de Salamanca, Grismilda no era la misma, pero aún sin tener iris en ninguno de sus ojos, su vista era mejor que la de un lince. Le dio una infusión de hierbas a la futura madre y tras hacer un poco de fuerza, se sentó al pie de la cama y comenzó a cantar. El ritmo de su canción se fue acelerando a la vez que los quejidos de «la Teresita», la curandera interrumpí su canto lanzando eructos largos y ruidosos, con un sonido vacío hasta que en un momento el establo quedó en silencio y un llanto al fin calmó la ansiedad del futuro padre que esperaba afuera.

«El turco» apuró el paso y se hizo presente en el establo donde estaba pariendo su mujer.  La curandera ya tenía al bebé envuelto en una piel de taguá. Al observar la situación, el hombre pareció enternecerse, miraba sus rosadas manos, contaba sus diminutos dedos, estudiaba sus facciones, y al ver que era normal, se pudo tranquilizar. Entonces miró a su mujer que yacía casi desmayada, pero Grismilda pudo presentir lo que se acercaba y decidió dejarlos a solas. Lanzando un último eructo vacío, el piso de madera resonaba tras el pesado pasos de la curandera que se alejaba.

Con la poca fuerza que le quedaba, «La Teresita» le pidió que le diera la nena en brazos. «El turco» comenzó a inyectarse en furia, sus ojos se pusieron colorados de rabia, le quitó la piel que la envolvía y al ver que era una niña comenzó a gritar en árabe, la arrojó en un balde con sangre del ritual que habían interrumpido, salió corriendo, montó el caballo y desapareció sin decir nada.

Grismilda recibió sus gallos colorados y su yarará, se sentó en su mecedora y preguntó si podía quedarse con el cuerpo de la mujer y de la guacha; nadie le respondió. Los caballos galoparon alejándose, y una sonrisa diabólica se dibujó en los labios de la curandera.

Dentro del establo se escuchaban los gritos desgarradores de «la Teresita». No se supo si lloraba por perder su familia o por el ritual que Grismilda estaba practicando. Lo que sí es cierto es que largas horas continuó ahogando su dolor, y cuando la noche sin luna había oscurecido la llanura, el súbito silencio se apoderó del lugar como si hubiese sido la orden del propio «Mandinga».

Grismilda se quedó en su silla mecedora durante varias horas fumando de su pipa. En el monte no se escuchaban ni los animales salvajes. Pero ella estaba acostumbrada a las noches en soledad en el medio de la nada. Entonces cuando su pipa la llevó a conseguir la conexión con el espíritu del monte, se puso de pie y caminó hacia el establo.

Sin encender el farol, tomó una cuerda, sujetó de pies y manos a «la Teresita» y la arrastró hasta el frente de su casa, luego la ató a la rama de un árbol y encendió una hoguera. Volvió al establo y regresó con el balde ensangrentado y retiró al bebé, volvió a envolverlo con la piel de taguá y lo dejó entre las hojas del suelo, luego avivó las llamas con más leñas, y se sentó el suelo con el balde lleno de sangre, le agregó algunas hierbas, y mientras revolvía la mezcla dijo algunas palabras ininteligibles durante un largo rato. Las llamas de la hoguera llegaron a la altura de una persona, y la mezcla en el balde estaba terminada. Grismilda se puso de pie, arrojó el contenido del balde en el fuego, y luego escupió sobre la mezcla.

Ya estaba clareando el día cuando el fuego se apagó y una densa niebla se presentó en el monte, Grismilda entró en su morada y se volvieron a escuchar unos eructos vacíos, luego de un rato cambió los eructos por un ronquido violento hasta que el gallo decidió despertarla anunciando de forma tardía la mañana.

Al abrir la puerta, Grismilda se dio cuenta de que la había visitado el «pio'oxonak», la niebla había desaparecido y en lugar de «la Teresita» había varias bolsas de arpillera con granos de «oltañi» y «avagha», así era como la tribu toba llamaba al maíz y a los porotos, decidió entrar las bolsas a su casa, y luego se sentó en la mecedora con el mate. Mientras cebaba no le quitaba la vista al bebé ensangrentado envuelto en la piel, apoyado sobre las hojas. Debajo de una fina lluvia, mientras se escuchaba un pequeño llanto.

Grismilda dudó un momento, se había puesto nerviosa. La humedad le hacía hinchar sus pies, y se irritaba más fácilmente. Con un movimiento brusco se puso de pie, y fue por la pequeña, la entró en su hogar, y la alimentó con un poco de leche. De inmediato cesó el llanto, y también la lluvia. «La curandera» observó detenidamente a la pequeña, y decidió quedársela momentáneamente, la niña había salvado su vida…

«El turco» subió al barco en la capital y decidió dejar el pasado en su lugar, pero los días se sucedían y el mar no le daba la calma que sintió cuando había partido de su hogar el año anterior. Su familia ya había recibido suficiente algodón para satisfacer a los comerciantes de medio oriente. Y en su corazón sentía un vacío. En la estancia había aprendido que «Es zonzo en el cristiano macho cuando el amor lo domina» y de inmediato lo comprendió. Estaba en verdad enamorado, y su fe no era tan fuerte. Decidió emprender la vuelta y buscar a su mujer.

Lo dejaron en un bote en la inmensidad del mar, y comenzó a remar. Gracias a la corriente marina no debió hacer un gran esfuerzo. Al amanecer del día siguiente un barco de gran eslora pasó a su lado y fue «rescatado». Con la esperanza que invadía su corazón, podía verse la figura de su mujer en sus ojos.

Los marineros no podían creer la historia que «el turco» les contaba, más de uno se emocionó hasta las lágrimas, hasta el capitán… Al anochecer del siguiente día, podían divisar la luz del faro, así que el hombre se impacientaba y los nervios lo carcomían, entonces el capitán le dio de beber unas copas, y el hombre se negó, pero bebió algunos sorbos.

Al amanecer se despidió de sus nuevos amigos, y se encaminó hacia el monte, a la estancia de Fulgencio. Navegó nuevamente el rio Paraná, y le dio unas monedas al barquero para que apurara el viaje, así que ahorraron la mitad del tiempo en llegar. Se llevó el mejor caballo  de «la posta» y en unas horas se presentó nuevamente ante Doña Rosa, le dio un abrazo que la levantó del suelo, y Fulgencio se alegró de verlo nuevamente.

Los peones salieron a recibirlo, todos estaban contentos. Amagaron con abrir una damajuana, pero «el turco» no quiso saber nada de ponerse a beber. Cuando habían salido todos en la estancia, el hombre preguntó por su mujer, los hombres se miraron entre ellos, y nadie se animaba a decir nada. El silencio sepulcral pareció eterno en ese momento, pero Fulgencio fue el encargado de explicarle…
La Teresita» no ha vuelto… desde el día en que nació la «gurisa» que nadie la ha visto… perdóneme turco… no sé que decirle…-

Una sensación indescriptible recorrió al pobre hombre, la culpa lo carcomía y la rabia lo hacía temblar. «El turco» ya no era el dueño de sus actos. Golpeaba con furia la madera de la tranquera, y sus manos ensangrentadas salpicaban a los presentes, que de inmediato se le abalanzaron y lo sujetaron tratando de que se calme. Doña Rosa le preparó una infusión que el hombre bebió a la fuerza. Así por fin lo durmieron.

Mientras «el turco» dormía, Don Fulgencio mandó a uno de sus peones a la cabaña de Grismilda a que averigüe lo que pudiera de «la Teresita»…

Chicho» a «la curandera» ahora mismo, si las encuentras… las traes…-

Chicho salió al galope y no tardó en llegar a la cabaña de Grismilda. Dejó su caballo y golpeó sus manos como para avisar que estaba esperando un recibimiento, pero nadie abrió la puerta. Fulgencio eligió que Chicho fuera el encargado de la misión porque lo conocía muy bien, sabía que era el hombre más insistente que tenía, por eso mismo fue que Chicho escondió el caballo en el monte y esperó en silencio el regreso de «la curandera».

Luego de unas horas, la anciana llegaba con pesados pasos, arrastraba unas bolsas con flores, hierbas y raíces que recogía en el monte, se le notaba que le faltaba el aire para llegar. Chicho pensó que la situación era ventajosa para él, y se encaminó a cruzarle el paso. Tomó sus bolsas y la ayudó a llegar a su puerta, entonces la interrogó sobre la mujer y la niña, pero Grismilda le advirtió:

-Lo último que supe es que se fue con la tribu del monte, hace unos días ya, seguramente las habrán sacrificado…-

Lanzó su eructo característico y entró en su hogar, sacó a la niña de una de las bolsas y la dejó con su piel de taguá, en el suelo. Entonces la niña quiso llorar y cuando lo hizo, un trueno escondió su llanto de los oídos de Chicho. El cielo se oscureció de pronto, y una tormenta descargó su furia en el monte.
Chicho atravesó la furia de la tormenta al galope. Las ramas de los árboles se le venían encima y varias veces tuvo que usar su destreza de jinete para no caer de la montura. El viento arrancó de raíz los troncos y arbustos, parecía una tormenta del demonio, pero al llegar a la estancia, Doña Rosa lo esperaba con mates bien calientes, entonces se emponchó como para abrigarse un poco, y dijo con un tono  agitado:

-Las tienen los tobas…-

Grismilda tuvo una visión, en ella pudo ver que aquél hombre de bigotes que llegaba con arena de oriente había vuelto a reclamar lo que a su entender le correspondía, pero la visión era confusa. El hombre tiene posibilidades de éxito pero no por completo, había algo entre ellos que no estaba bien, entonces llevó su mirada a la niña, y comprendió que era esta pequeña criatura quien llevaba el poder de decidir el futuro de su familia. Por primera vez en su vida «la curandera» sintió miedo.

Necesitaba deshacerse de la niña, pero no podía dejarla en un lugar donde la encontraran. Pensó en llevarla lo más lejos que pudiera y entregarla a alguien que nunca más fuera a encontrarse con ella. Viajar con la niña era engorroso y lento, necesitaba algún viajero que quisiera llevársela lejos, quizás venderla era otra opción. «La curandera» tenía como nunca antes, y no pudo hacer otra cosa, más que cargar su carreta y emprender el viaje hacia el norte, escapando del hombre de oriente, y de los indios tobas.

En la estancia, «el turco» se había despertado tranquilo y decidido. Cargó el sulky con escopetas, machetes y hachas, preparó tres caballos y se dispuso a partir para  buscar a «la Teresita». Fulgencio no lo dudó, además de su relación de comerciante, le había tomado cariño al hombre, y se unió a la expedición con sus peones.

Llegaron hasta la orilla de lo que se denomina «el impenetrable» y «el turco» detuvo la marcha, tomó un hacha y comenzó a golpear con furia sobre el tronco de un árbol. El resto de los hombres se quedaron viéndolo, y miraban a Fulgencio esperando sus palabras. Él también se asombró, pero pensó que «el turco» quizás necesitaba descargar su furia. Desmontó con tranquilidad y le ordenó a sus hombres que ajusten sus monturas, y que le ceben unos mates.

Se acercó hasta «el turco» con el mate en su mano y le explicó que ese árbol se llama quebracho, justamente porque quiebra las hachas. «El turco» comenzó a reír  rieron juntos un buen rato. Cuando se calmaron Fulgencio le explicó que no hacía falta talar el bosque. Los tobas podían escuchar los golpes y escapar, será más conveniente usar el cobijo de los árboles para camuflarse y agarrarlos por sorpresa.

Entonces continuaron su marcha, despacio. Hicieron un reconocimiento del terreno, fueron y volvieron, hasta que uno de los peones encontró a una mujer de la tribu y la siguió a una buena distancia, cuando encontró la aldea de la tribu, volvió a buscar a Fulgencio, haciendo marcas en los árboles para no perderse.

Al llegar el peón, «el turco» tuvo la sensación de que este hombre traía buenas noticias y esperó a que hable. Cuando entendió la palabra aldea, se levantó del tronco en el que estaba sentado, y se reanudó la marcha.

Con mucho cuidado de no ser oídos y como si fueran fantasmas atravesando el pantano del bosque llegaron hasta la aldea cubiertos por la oscuridad de la noche y la densa niebla que no permitía ver más allá de pocos centímetros. Un alarido desgarrador desde la garganta del «pio'oxonak» pudo escucharse hasta en las puertas del infierno

-¡Nleguaxa!» -

 Y a la alarma de muerte del hechicero, los peones de Fulgencio se transformaron en demonios. A chuza y facón, a escopetazos, y hasta con sus propias manos, dieron muerte a todos los tobas que no entendían lo que estaba ocurriendo. En pocos minutos solo podía escucharse el llanto de las mujeres y el agonizar de los heridos. El pantano se cubrió de sangre toba y «el turco» rescató a su mujer de la tienda del hechicero. Ella lo miró a los ojos que brillaban más aún en la oscuridad, y  agradeció al «Señor», a la «Virgen», y a todos los santos en los que ya no creía.

Algunas tobas corrieron como nunca, algunas dejaron atrás a sus niños, pero unos pocos lograron escapar hasta la provincia de Santiago del estero y nunca más volvieron. «La Teresita» regresó a la estancia con los peones, Fulgencio y «el turco». Luego de velar la noche entera, el hombre le preguntó a «la Teresita» por la niña. La mujer no supo que responder a su hombre y se largó en llanto.

Llegando a Puerto Iguazú había un hogar de niños que había pertenecido a las antiguas misiones jesuitas. En el lugar una vieja con ojo de vidrio y muy malos modales escupe al costado de la puerta…

-Te doy cien pesos por la niña-

-¿A cuánto la vendes?- le respondió Grismilda.

-No es asunto tuyo, ahora vete, hoy mismo la vendo y nunca más regreses por ella-

Con lo que ganó por la venta de la niña, Grismilda compró una bicicleta porque ya era muy vieja para montar. Algunos dicen que se quedó viviendo en la selva misionera y estafando a los pobladores hasta que murió. Otros sostienen que el diablo decidió cobrarle una deuda y le mandó unas víboras para que la muerdan y apurar el encuentro.


Pero la niña fue comprada por una familia aristocrática de la capital. Recibió cariño y educación hasta que comenzó a demostrar poderes que estaban más allá de la comprensión de sus padres. Nunca supieron que el primer alimento de la niña fue la sangre envenenada de los gallos de Grismilda. Pero esa es otra historia…

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sábado, 18 de abril de 2020

Guardado



Me daba pavor. Sentía mucho miedo. No podía mover un músculo: me quedaba tieso, inmóvil. Sufría, y notaba cómo se aceleraban mis ideas; me llenaba de dudas y de falsas certezas. No tenía motivos, ni razones lógicas, y buscaba excusas.

Mi corazón saltaba dentro de mi pecho; veía mi vida salirse de control. Las manos y las rodillas me comenzaron a temblar; dejaron de obedecerme también los pulmones, y quizás no tenía control de ninguna extremidad de mi cuerpo.

Cerré los ojos, tomé una buena bocanada de aire y me dirigí temblando hasta mi escondite, dentro del depósito del baño. Tomé la jeringa, la cuchara y el encendedor… puse la aguja en mi brazo; sentí cómo me llenaba de energía, sentí la luz y el calor; una brisa acarició mis ojos, y volví a ser dueño de todo mi ser.

Una música agradable comenzó a escucharse, algo así como un ritmo folk. Recordé muchas cosas de inmediato: el día que la conocí, el día que me besó, la primera noche juntos y, por supuesto, el día de bodas. Fue mágico, aun a pesar de haber sido un día tan largo… ¡Pero cómo disfruté esa noche! Fuimos todo en uno… el nacimiento de nuestra hija.

Y, cuando más lindos recuerdos se me presentaban, comencé a sentir que esa luz se iba atenuando. Recordé el día que la encontré en nuestra cama con él, el momento en que lo apuñalé y el momento en que se cerró esta puerta detrás de mí.



martes, 18 de febrero de 2020

El mejor premio del mundo...

EL-COEHLO-DE-CORCHO




🖋️ No era la primera vez que recibía el «Nobel», y ya tenía el «Cervantes», «Príncipe de Asturias», «Hans Christian Andersen», y muchos más. Me habían otorgado medallas de oro en varias editoriales. Tenía la medalla de oro al cuento «Borges», la estatuilla de oro «Las mil y una noches», la medalla de oro al poema «Homero», la medalla teatral «Shakespeare», la estatuilla de oro a la novela «Dickens», y todas aquellas condecoraciones que llevaban el nombre de algún autor célebre. Ganar premios era lo mío, pero mi verdadera preocupación eran los lectores.

Escribí historias pintorescas, llenas de banalidades, proezas absurdas, amores sin sentimiento, aventuras sin héroes, y suspenso sin escalofríos. El mundo estaba lleno de lo que llamaban «mi arte». Las ventas superaban récords año tras año. Generé más ganancias que las compañías discográficas con sus ritmos estridentes y canciones de diez palabras. El año pasado, mis ingresos fueron tan altos que tuve que donar una parte... para poder seguir ganando. El negocio de la literatura me sonreía: parecía la «Madonna» del mundo literario; ella era la reina del pop, y yo, el rey de la literatura.

Para ser el mejor escritor del mundo, y estar vivo, podía decirse que era como una estrella de rock. En cada lugar que me presentaba había flashes, paparazzis, jóvenes gritando y mujeres suspirando. Me invitaban a todas las fiestas, y ningún hotel del mundo me cobraba por hospedarme.

Viajes, premios, y luego a editar el libro del próximo año. Así transcurría mi vida. Como si el rey Midas hubiese tocado mi pluma, todo lo que escribía se convertía en clásico de la literatura, premio del año, entrevistas y demás nimiedades. Ya estaba harto.

Por las noches comenzó a acecharme el espíritu de Julio Verne, y cada vez que me iba a dormir, me susurraba con sonrisa socarrona: “Et ton nom est écrivain?”
No podía continuar con esa pesadilla. Necesitaba hacer algo que valiera la pena. Quería demostrarme a mí mismo que todos los premios los tenía merecidos.

Me senté a escribir y no me levanté hasta tener callosidades en los dedos. Pasé siete días sin comer, sin dormir, sin demostrar que existía. Pero valió la pena. Escribí mi mejor obra. Llamé a mi editor para que la viniera a buscar. Se llevó las hojas, y yo simplemente me acosté… y dormí.

Como era su costumbre, mandó a imprimir sin leer una sola página. Al despertar, todos los medios hablaban del «Fiasco del siglo», «El peor libro de la historia», o «Se terminaron las ideas». El mundo entero se desilusionó. El teléfono no dejaba de sonar. No atendí a nadie. Me sumergí en una botella de licor.

Esa noche, cuando llegó Verne, me miró, sonrió y dijo: “Magnifique…”.
Eso fue todo. Salió… y nunca más volvió.

El mundo no estaba preparado para una novela que incluyera romance, historia, aventuras, acción, suspenso, filosofía, drama, humor...
Y mi obra tenía mil seiscientas ochenta y siete páginas de todo eso.

Mi siguiente novela fue sobre la lucha por la superación personal, centrada en un virus vaginal que se desató en un convento y se volvió una pandemia.
Volví a ganar todos los premios, incluido el flamante «Coehlo de corcho».


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jueves, 30 de enero de 2020

La Selva

HORACIO QUIROGA EN EL ARTICULADOR




Desde pequeño, me ha perseguido la muerte y las tragedias familiares. Como niño educado que era, mi mente no encontraba lógica ni razón suficiente para explicar los atentados a mi inocencia, y no me quedó más remedio que buscar, por mis propios medios, una sólida explicación.

La noche era oscura pero estrellada, allá por el mil ochocientos noventa y pico. Mientras el pueblo entero soñaba —quizás con la modernidad—, caminé silenciosamente y envalentonado entre la selva, hasta las ruinas de lo que fuera una misión jesuita en medio de la nada. Allí me senté a pensar y a encontrar la forma de invocar a la muerte para exigirle una explicación. Pero la noche se alargaba y no había forma de comunicarme con ella. Pasé la noche entera en aquel lugar y, al regresar a mi hogar, una lúgubre voz interior me decía que me fuera lo más lejos que pudiera...

Conservaba el espíritu aventurero, a pesar de sentirme viejo por dentro. La ambigüedad consistía en eso: era joven para tantas cosas, y quizás, inconscientemente, mi alma vieja desafiaba a la muerte con sus caprichosas aventuras. Crucé el Atlántico en busca de mí mismo, y lo que encontré no era más que lo que había dejado en la Banda Oriental: los sueños en torno a las ruinas, las historias sobre los jesuitas, mi pasión por la fantasía... Entonces, volví.

Por un tiempo, la tragedia se disfrazó de paz. Llegué a ser adulto por fuera, y lo disimulaba bien. Me bastaba con mi educación, y con la ayuda de nuevas amistades vivía una vida armoniosa en la ciudad. Me dedicaba a lo que amaba y ganaba lo suficiente para darme ciertos lujos. La fotografía me cautivó desde el primer instante: me sugería que, por arte de magia, el tiempo podía detenerse, capturando un momento por el resto de la eternidad. Y quizás sentía que a mi agobiado corazón le hacía bien tener imágenes eternas a su antojo.

No fue más que una sutileza del destino la que me llevó, casi como una forzada invitación, a vivir una nueva aventura. Esta vez, era hacia esta parte del río. Parecía una expedición arqueológica, pero era más bien una misión cultural. Mientras el excelentísimo señor Leopoldo documentaba hasta el último milímetro de las ruinas, mi misión era fotografiar cada detalle, cada contraste, cada luz y sombra. Pero, en definitiva, la expedición era un viaje al pasado. Y quizás, un enfrentamiento con él. Repararlo o demostrarle que, esta vez, yo decido quién se va y quién se queda, quién vive, quién ama, quién crea.

El paisaje me sentó de maravilla. Despertó al niño que vivía en mí, disfrazado de adulto responsable. Nuevamente, sentí el deseo de asentarme en la selva. Al regresar a la ciudad, trabajé incansablemente. ¿Fue por inspiración? ¿Por influencia del viejo Edgar? ¿O de la misma selva? Escribí tanto que la fama me abrió incontables puertas. Gracias a ello, podía volver a sentir la inocencia del niño que regresa a su origen.

Dos años después, contaba con los recursos necesarios. Hice los trámites pertinentes y, con la ayuda infinita de mi buen amigo Vicente, me instalé en una cabaña en contacto pleno con la naturaleza y conmigo mismo. Era como haber hallado la tan anhelada paz.

Y entonces, ella. No era solo una alumna: era la más bella de todas las alumnas. Era Ligeia, Eleonora, Berenice. Su mirada inocente era sublime, y en sus ojos me veía más joven, como realmente me sentía. Cuando sus padres se opusieron, más eterno fue nuestro amor. Ella fue la conquistadora en la jungla, la mujer, la amiga, la madre. El amor fue tan excesivo que dio a luz a Eglé, y con ella… la luz iluminó nuestras vidas.

Así comenzaron a abrirse más puertas. Escribía días enteros en mi canoa, mientras el río me llevaba donde quisiera. Nuevos nombramientos, responsabilidades y más imaginación. En la selva, me encontraba conmigo mismo; en la cabaña, tenía todo lo que me correspondía por derecho. Y al año siguiente, con el nacimiento de Darío, el círculo de la felicidad se cerró.

Había renunciado a dar cátedra, pero no a enseñar. Mis hijos fueron mis mejores alumnos. Darío manejaba armas, canoas, motocicletas, nadaba como un pez, vivía como el recién impreso Lord Greystoke. Eglé, por el contrario, domesticaba animales silvestres, y aunque frágil, podía sobrevivir en la selva.

Pero a mi Ana no le gustaba todo esto. Quizás esperaba atención, o que fueran como los otros niños, aburridos, de colegio internado. Sentía celos: celos de la selva, de la vida, de mis fotografías... Celos enfermizos.

Y no lo soportó más. En pleno verano, bebió hasta el exceso y me hizo sentir la culpa. Durante ocho malditos días, agonizó en mis brazos. Dejé todo para estar con ella, pero no fue suficiente. Mientras en Europa llovían bombas, ella murió en San Ignacio, un miércoles, dejando a su familia huérfana.

Mis hijos, aún pequeños, sabían hacer lo que muchos adultos no, pero no estaban preparados para el dolor. Y yo no podía enseñarles eso. ¿Qué padre enseña a sus hijos a sufrir?

Luego de un íntimo funeral, llevé a Ana al cementerio. Esa noche, recordé todo: la muerte rondándome, la impotencia infantil, la furia. Tomé la escopeta y me dirigí a las ruinas, al altar, a exigirle al destino una explicación.

Allí, en la oscuridad, disparé y grité. La humedad se volvió niebla, la niebla en una silueta demoníaca.

—¿Qué es lo que quieres con tanta violencia? —dijo una voz coral.

Quiero respuestas —respondí.

—¿Cuál es tu pregunta?

—Quiero saber por qué se mueren todos los que me rodean.

La silueta cambió de color:

—¿No lo recuerdas? Este lugar no es para los hombres. Te lo dije de joven: vete. Tú tuviste lo que ningún mortal ha tenido. Tú renunciaste. Tú viniste a enfrentarte a mí...

Recordé. Era cierto. Fui el tonto que no quiso crecer. Así que no pude decir más que:

—Si me voy, no te acerques a mis hijos

—¿O me juras qué? —me interrumpió con amenaza—. Vete ya, y no vuelvas. Si lo haces… seguiré a tu lado.

Decidí empacar y nos fuimos a la capital. Nos instalamos en la calle Canning. Empecé a escribir como nunca antes. Fama, responsabilidades, revistas, diarios, consulado, crítica cinematográfica, hasta escribí un guion. Pero nada fue suficiente. Mi espíritu aventurero…

decidió volver a la selva.




martes, 14 de enero de 2020

El asesinato del fiscal Natalio (La verdadera historia de un falso suicidio)

muerte de nisman


Era el tercer trabajo que iba a hacer para la agencia, pero el más importante, y como si no fuera suficiente, también era el más peligroso, tenía que ser una obra de arte, esta era la misión a la que nadie se animaba, por lo que mientras mis compañeros dieron un paso al costado, a mí no me preocupó dar un paso al frente, aunque nunca se supiera el autor, mi obra iba a pasar a la historia.
Pasó muy poco tiempo desde el cambio de autoridades, así es que los agentes teníamos tareas mucho más fáciles, seguir a diputados, jueces, fiscales, empresarios. La idea principal era la de recolectar pruebas de hechos “poco decorosos” para luego chantajearlos, o usarlos para pedir favores, a veces algo de dinero, pero por lo general, solo importaba que permitieran al poder ejecutivo llevar a cabo todas sus estafas.
Lo había tomado como un ascenso, “Jaimito” me tuvo diez años sacando fotocopias y preparando café, y como Don Oscar sabía lo que sentía por “Jaimito” se le ocurrió que me encontraba capacitado para hacer trabajo de campo y me asignó tareas casi personales. Tenía que juntar pruebas para desprestigiar a todos sus enemigos, y los de “la jefa, se puede decir que me tenía de favorito.”
Un día de enero se supo que “Jaimito” y todos los anteriores habían recolectado accidentalmente pruebas para enjuiciar a “la jefa”. No era muy complicado, la gestión anterior estaba investigando el atentado a la mutual de los judíos y por medio de grabaciones, documentos, fotos, movimientos bancarios, habían descubierto que “la jefa” los estaba encubriendo,  entonces le dieron las pruebas al fiscal de la causa, un tal Natalio. Digamos que la tenía bien agarrada, no había forma de que se pudiera escapar, tenían pruebas suficientes como para que pague en esta, y en la próxima vida.
Por medio de unas tretas que solo la jefa conocía, el poder judicial había decidido que el fiscal no iba a avanzar más con la causa del atentado, así fue que le avisaron que iba a quedar excluido, pero el hombre era muy inteligente, decidido, sabía lo que hacía, y sabía hacerlo bien, verdaderamente era un fiscal de película, podía decirse que fue el único que pudo avanzar en una investigación que desde hace veinte años venían obstruyéndola cada vez más.
Entonces Don Oscar armó un operativo, tenía que parecer un suicidio, así que no podíamos usar armas reglamentarias, teníamos muy poco tiempo, el día veinte el fiscal iba a presentar todas las pruebas ante la cámara de diputados y como si fuera poco estaba de vacaciones en el viejo continente y hacía falta traerlo. Si lo suicidábamos en  Europa, la investigación iba a caer en manos de interpol, pero estando acá, todo se resuelve entre camaradas.
Don Oscar sabía que fui el único que se animaba, pero me hacía falta por lo menos un ayudante, así que me pidió que encuentre a alguien que me secundara. Como apoyo, había conseguido la llave del departamento y había preparado todo para que esa noche las cámaras que vigilaban la calle del edificio dejen de funcionar, también iba a preparar una distracción para que pudiera escapar sin que nadie note nada extraño.
Tenía que encontrar un ayudante, así que les pregunté a todos los de la agencia si alguno se animaba, me había olvidado que este país está lleno de cobardes, pero también me acordé que hay gente que por unos papelitos de colores se olvida de sus principios y de su dignidad, así que ofrecí una recompensa, y cuando se presentaron varios “voluntarios” elegí al menos inteligente, uno recomendado por “Don Oscar”, de no me acuerdo que agrupación militante juvenil, de esta manera me aseguraba de poder manipularlo, y si hacía falta hasta podía hacer que también se suicide.
Al parecer, al fiscal no le gustó que lo dejaran fueran del caso, y decidió volver al país solo, obviamente, le mandaron un batería de amenazas de todo tipo, pero era caprichoso, o demasiado valiente. Esa semana apareció en todos los canales de televisión posibles, habló con todos los periodistas que pudo, esa fue la imprudencia, toda la gente supo lo que iba a hacer el día veinte, y “la jefa” se desesperó. Apuraron los planes para el sábado dieciocho.
El sábado llegamos temprano al edificio, entré con el coche, y mi compañero “Pancho”, decidí llamarlo así porque es más tonto y arrastrado que el papa, Don Oscar, me dijo que de alguna manera iba a sacar a los custodios para que nadie nos moleste y así fue, al llegar al decimotercer piso no había rastros de ningún animal. Saludé a las cámaras, y mis compañeros de logística me avisaron que ya no estaban transmitiendo.
Entrar fue más fácil de lo que podía imaginarme, a pesar de llevar la llave, le dije a “Pancho” que golpee, y con cualquier excusa, que lo haga salir, mientras yo iba por la puerta de servicio para sorprenderlo desde adentro, entonces “Pancho” golpeó y cuando desde adentro le preguntaron “¿Quien…?”  Él respondió “Los Mormones”, ya había dicho que era un completo idiota, pero le funcionó, el fiscal abrió la puerta, y ahí lo convenció de que era nuevo custodio, y si lo dejaba pasar al baño, así que entró, y me quedé escuchando detrás de la puerta de servicio, cuando escuché risas abrí con mi llave, saqué el arma, “Pancho” golpeó al fiscal, y este cayó. Ya lo teníamos.
Le expliqué que deje de golpear, porque el suicida no se golpea antes de dispararse, si encuentran el cuerpo golpeado, es asesinato, y los culpables que van a ir a prisión, vamos a ser nosotros, y si decíamos que “la jefa” es la autora intelectual del crimen, nosotros íbamos a pasar a ser suicidados en la cárcel. Me quedó mirando por unos momentos, y como a los cinco minutos, se le bajó la adrenalina, pidió perdón, y aunque parecía seguir nervioso, quedó un poco inmóvil.
El fiscal no estaba nada asustado, a pesar de que los mormones no son tan violentos, ya se había dado cuenta de que no era ninguna broma, aunque creía que iba salir vivo. Lo sentamos en una silla y le pedimos que nos de todas las pruebas que tuviera en contra de la jefa, pero en serio era caprichoso, a pesar de tener la mesa y el escritorio lleno de carpetas con todo lo que iba a presentar dos días después, aún decía que no le íbamos a sacar nada, daban ganas de golpearlo, pero no se podía.
Me puse guantes de goma y los anteojos, me senté en la mesa a revisar todos los papeles, y leí uno a uno todos los papeles que encontré. Estaba la presentación que iba a llevar al juzgado, también tenía la presentación que iba a llevar al congreso, tenía anotaciones sueltas, muchas fotos, y transcripciones de audios, y si bien encontré algunas cosas, aún faltaban las pruebas más importantes. En el escritorio tenía más cosas, no creo que pudiera terminar de recolectar toda la información en un día, este hombre era una máquina, verdaderamente era implacable.
“Pancho” hablaba con él, y ya me estaba empezando a arrepentir de haber llevado conmigo a un ser tan estúpido. Escuché que le decía que en Israel la pasan bomba y no paraba de reírse solo. Que Hitler se había suicidado porque le llegó la factura del gas y ya no aguanté más, le dí un puñetazo en la nariz, otro en la boca del estómago y cuando no pudo respirar lo agarré de los pelos y lo amenacé seriamente “¿O se terminan las estupideces, o se termina el estúpido?” y se largó a llorar como una niña.
Mientras el fiscal nos observaba incrédulo, y “Pancho” seguía llorando, ya me estaba poniendo nervioso, llamé entonces a mis compañeros en la central, y creo que ninguno sabía quien era verdaderamente el objetivo. Entonces tampoco les expliqué mucho, solo les hice saber que iba a necesitar tiempo para llevar toda la información, me respondieron en clave: “Proceda a liberar la patria del yugo de la tiranía capitalista”, para los que no conocen el mundo del espionaje en mi país, eso significa, maten al fiscal.
Le ordené a “Pancho” que sirviera whisky para los tres, después de darme un abrazo, se sintió perdonado y cesó en su llanto, me aflojé la corbata, y encendí un cigarrillo, le ofrecí al fiscal, y aunque no quiso fumar, sospeché que el trago le iba a hacer bien, cuando “Pancho” trajo los vasos servidos, le puse algunas gotas de “Ketoral” para darle al fiscal, y mi compañero me interrumpió otra vez con sus estupideces, que lo perdone, que es la primera vez que tenía una misión tan importante, me agradeció, me volvió a abrazar y de un trago, tomó del vaso del fiscal, me dieron ganas de matarlos a los dos y de salir corriendo del país, nunca había visto un hombre tan imbécil, verdaderamente se merece el apodo de “Pancho”.
Esta vez lo agarré de la solapa y le di bofetadas hasta que me hizo doler la mano, no me podía tocar un peor compañero, empezó a llorar otra vez, a pedir por favor que no le pegue más, y encima quería renunciar, era el colmo, para este momento el fiscal se empezó a reír de nosotros, no nos tenía respeto, ni miedo, parecíamos dos idiotas de una película cómica mala de esas de Echarri o Sbaraglia.
Finalmente bebí mi vaso de whisky, me tomé unos momentos para tranquilizarme y no seguir perdiendo los estribos, mientras el miserable “Pancho” continuaba pasando vergüenza en la alfombra del living, le pedí que me diera el arma para terminar con todo y largarnos, pero no, el muy imbécil tenía que superarse, no había traído armas porque era vegano, y estaba en contra de matar…
Saqué mi reglamentaria decidido a volarle la tapa de la sesos, el fiscal se asustó, “Pancho” rogaba para que no lo mate, y cuando estaba por apretar el gatillo, desde su silla, inmóvil, me pidió que me tranquilizara, que tome otro whisky y que hablemos, y no pude más que sentir admiración, el fiscal, sabiendo que estaba a punto de morir, aunque sea a manos de un par de ineptos, aún intentaba salvar una vida.
Del asombro que sentí, me senté a su lado y bebimos whisky juntos aunque se lo notaba nervioso, seguía siendo inteligente, se había dado cuenta de que a “Pancho” me lo habían “encajado” a propósito, mencionó a Don Oscar, “la jefa”, y antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, él ya sabía lo que estaba sucediendo, me hizo ver que tarde o temprano me iban a agarrar, y que la muerte de él no iba a ser en vano, el atentado se iba a esclarecer, y mi estúpido ayudante íbamos a terminar presos.
Con toda franqueza me comentó que las pruebas no estaban en el departamento, que había copia de todo, y que nadie podía parar lo que se venía, de todo lo que había encontrado, faltaban archivos que estaban encriptados que ni él podía descubrir, que tenía un pibe experto en computación que era el único que podía desencriptar los archivos, pero que ni siquiera sabía de que se trataba lo que había en esos archivos. Mientras él hablaba, “Pancho” ya se había calmado, yo seguía escuchando atentamente, y admiraba la firmeza de su voz, la mirada inquisidora, verdaderamente me causaba mucha admiración, pero no quería que lo notase, así que le respondí que solo necesitaba un arma que no sea la mía para dispararle, y él, demostrando la mayor de las grandezas que pude ver en este mundo, me respondió: -Dame el celular y te consigo un arma-.
Sin quitarme los guantes tomé el celular, estaba en vibrador, tenía muchas llamadas, revisé algunas, y casi todas eran de la familia, cargué mi arma, se la puse en la cabeza y le di el celular, llamó a uno de sus contactos, y más crecía mi admiración por ese hombre. El teléfono sonaba, pero no lo atendió, creo que llamó a “Jaimito”, no estoy seguro, pero si hablaba con él, no me iba a quedar más remedio que usar mi arma, y llenar el departamento de sangre.
Entonces cambió de número, llamó a un pibe que tenía lo tenía como “Diego” en su agenda, este muchacho sí respondió, y con mucha calma, y aun insistiéndole un poco le pidió que le preste un arma, el otro muchacho no dudó mucho, pero el fiscal, tampoco lo dejó dudar, casi no le dio opción a que lo pensara, era muy hábil usando el lenguaje y los argumentos, creo si hablaba con “Pancho” hasta podía convencerlo de lo que se le antojara.
Y así, no nos quedó más remedio que esperar a que trajeran el arma. El pibe venía desde la zona oeste, lo que nos daba bastante tiempo, no sabía si iba a aguantar a “Pancho”, o si me iba a arrepentir, eran demasiadas cosas fuera de control, contratiempos inesperados, y como si fuera poco todo esto, también me había tocado un inútil en el que no podía tener confianza. Por un momento pensé en darle las gotas esperar a que se adormeciera y terminar con el trabajo, pero tenía que atenerme al plan lo más que pudiera, aunque el plan ya estaba fuera de control.
A “Pancho” le había empezado a hacer efecto el whisky con Ketoral, y se comportaba como un drogadicto de los que trabaja en el congreso, empezó a tener delirios, repetía como un loro algo de la patria grande, la patria es el otro, el general vive, Néstor no murió, y demás burradas de militante. Verdaderamente me daba algo de pena, ese pibe no servía ni para cadáver, era demasiado inútil, sospecho que hasta su coeficiente intelectual era nulo, de vez en cuando volvía a llorar y se quejaba de la dictadura, me tenía la paciencia muy agotada.
El fiscal continuaba observando, por momentos hasta se reía de las monerías de mi ayudante, y creo que no perdía la fe en salir vivo de todo esto, pero no podía descifrar cual era el plan que tenía, me pidió otro trago de whisky, y nos dijo que cuando llegue Diego, él se iba a encargar de que deje el arma y se vaya rápido, mientras, podía dejar dormir a “Pancho” y muy cortésmente me pidió que prepare café.
En el transcurso de la tarde, los de la central me llamaron para ver si ya estaba cumplida la misión, tuve que explicarle los contratiempos, y como sospechaba que Don Oscar estaba escuchando, mencioné indirectamente las faltas de mi compañero, como para que notara que ya sabía que me lo habían encajado a propósito, y también les hice saber que la misión la iba a completar, pero que era bastante difícil que salga que la habían planeado, por lo que todo lo que vaya a improvisar queda a mi criterio, y no esperaba aceptar nuevas órdenes de nadie.
Después de tomar el café, estábamos todos más “resignados”, bueno, todos no, el fiscal y yo, “Pancho” no tenía noción de nada estando normal, y en ese momento, bajo los efectos del “Ketoral”, mucho menos, en menos de lo que esperábamos, llegó “Diego”, escuché que había alguien más con él, quizás escuché la voz de uno de los custodios, pero cuando el pibe entró, sentí el ascensor que se iba nuevamente del piso, y con él se iba esa voz.
El muchacho, no tenía mucha noción de armas, pero permanentemente observaba al fiscal, era como que notaba que algo andaba mal, mientras le explicaba como usar el arma, se interrumpía solo preguntando por la vestimenta del fiscal, como si no fuese normal vestirse con bermudas y camiseta blanca… Desde mi posición  podía dispararle a ambos, y parece que el fiscal sabía que sentía muchas ganas de terminar con el operativo lo más rápido posible. Y aun así, habló algunas cosas como para que el muchacho no sospechara más, hasta que “Pancho” quizás arruinaba todo con uno de sus ronquidos, el pibe pareció no notar nada, pero el fiscal lo escuchó muy bien, entonces se deshizo de “Diego”, y volvimos a quedar los tres nuevamente.
A este momento ya no había ni marcha atrás, ni arrepentimientos, ni perdones ni rencores, cuando sea el momento, lo único que puedo decir en mi defensa, es que estaba cumpliendo con mi trabajo, como si eso pudiera justificar mi comportamiento, y lo que era peor, es que me estaba convirtiendo en uno de ellos, no estaba cumpliendo con mi obligación, solamente estaba cumpliendo los caprichos de “la jefa”, uno de los tantos, como si en doce años no hubiese tenido tiempo de hacer todas las maldades que pudo, como si no fuese suficiente tener conciencia de que hizo pasar hambre a todo su pueblo, ahora también necesita quitar más vidas, se cree Cleopatra, Catalina “La grande”, y no es mejor que una babosa, y necesita de mí, para sentirse importante, y yo necesitaba perder mi dignidad para que ella consiguiera su propósito.  
Tuve la idea de que “Pancho” podía servir para algo y decidí revisarle sus bolsillos, y no me equivocaba, tenía una bolsita con cocaína, la misma que le llevaba todos los días al congreso a todos los partidarios de “la jefa”, y con mi falta de experiencia, me pude meter un par de líneas sin problemas, así iba a tener el valor que estaba perdiendo minuto a minuto, y podría continuar con la misión.
Le ofrecí al fiscal su último deseo, y suspiró, su respuesta no me pareció para nada extraña, me pidió que le haga saber al mundo que, como dicen ellos, su última frase fue: “Será justicia”. “Pancho” empezaba a despabilarse, y prometió no hacer más chistes sobre judíos, me dijo que él iba a hablar con “Maxi”, el hijo de “la jefa”, para que nos perdone, pero que no lo matemos, insistía de una forma exasperante, decía que tenía cara de buena persona, que seguro le da monedas a los mendigos cuando toma el tren, y que le debe dejar el vuelto a los bolivianos de la verdulería.
Le di whisky con el “ketoral” al fiscal, una buena dosis, y esperé a que le hiciera efecto fumando, y observando por la ventana, y estando drogado como me encontraba continuaba imaginándome los sucesos futuros inmediatos, como si estuviera planificando en mi mente, o quizás buscando una forma de salir corriendo de ese lugar y dejar que encierren a “la jefa” y todo su séquito, pero no podía, tenía que hacerlo, este trabajo era muy importante, significaba vacaciones de por vida, lo que iba a ganar nunca lo iba a poder terminar de contar, con la voz firme y decidida llamé: “¡Pancho!”.
Puso toda la resistencia que pudo, tenía fuerza, era más alto que nosotros, así que entre los dos, lo tomamos de los brazos y lo llevamos al baño, entre sollozos nos pidió que nos olvidemos de todo, nos ofreció protección, nos pidió que no le hagamos daño a su familia, pero ya era muy tarde. Mientras “Pancho” lo sujetaba, le hice una toma para que quede de rodillas, puse el arma en sus manos, y las conduje a su sien, le dije a mi torpe ayudante que se aparte y le hice apretar el gatillo. Salpicó muy poca sangre, y lo recosté en el baño de manera que trabe la puerta si alguien la quisiera abrir.
Salimos del baño con el trabajo hecho, y como estaba muy agotado me dejé caer en el sillón, sentado pude ver como el inútil de mi compañero no paraba de hacer estupideces, y nuevamente se tomó otro vaso de whisky con “Ketoral”, pero me sonreí para mí, y decidí hacer lo mismo, quizás la droga me ayudaba a relajarme,  y sí funcionó, nos dormimos ambos un rato, hasta que nuevamente me llamaron de la central, les confirmé que el trabajo ya estaba hecho y me avisaron que en unos minutos nos vendría a buscar un auto.
Cuando llegó el coche, noté algo extraño en la mirada del chofer, me hizo una seña mirando a “Pancho” y le respondí, entonces al cabo de unos metros, lo bajamos del auto, lo rociamos con combustible, y así terminamos con el recomendado por “Maxi”, luego me dejaron en el aeropuerto, y me fui del país, los siguientes sucesos ya todos los conocen…



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