lunes, 29 de julio de 2019

Idealmente en Sociedad

UN HOMBRE QUE BUSCA SU LUGAR EN EL MUNDO


Aunque el terapeuta me lo había prohibido, mi jefe me decía que yo trabajaba de liquidador, y no me gustó, y con esa insatisfacción sobre mis hombros decidí cambiar mi vida; no quisiera vivir insatisfecho durante lo que me quede por vivir, por eso tengo que estudiar posibilidades, tengo que ver como vive el resto del mundo…  

AAl cabo de un mes de viaje anclamos en un puerto oscuro, lúgubre, triste, y me cayó alguna lágrima, así que decidí desembarcar e investigar esta sociedad. Tomé mi bagayo y caminé tierra adentro. Las calles eran de tierra rojiza, transformadas en barro por la lluvia, con un aroma especial: hierbas al amanecer mezcladas con un hedor a sangre vieja, inconfundible y confuso.

La gente me observaba con tristeza, y a mí me embargó la pena. Llegué a la construcción más grande del poblado y pedí hospitalidad con una gran sonrisa, pero solo obtuve alaridos hostiles en un idioma desconocido. Alarmado, continué mi camino.

Durante horas caminé sin entender nada. Las mujeres lavaban sus harapos en un riachuelo, los hombres estaban semidesnudos y presumían sus presas de caza, golpeándose el pecho. Sospeché una competencia ritual por demostrar su destreza. Miré el cielo e imaginé mi futuro en un entorno así: mezcla de dolor y asco. Empecé a correr hacia lo más salvaje de la selva.

Por momentos sentía que me acechaban; escuchaba sonidos nuevos y la ansiedad me dominaba. Descubrí que grandes felinos me rodeaban, con melena, garras respetables y mirada felina: era su cena. Avancé lentamente, hasta que una manda de gacelas se interpuso, salvándome.

Con las piernas temblorosas, dejé que mi cuerpo desfalleciera. Una avioneta pasó cerca, rumbo al sol. Con renovada energía corrí hacia el aeródromo, tomé la nave y empecé a pilotear. Tras horas volando, unos aviones verdes ruidosos se acercaron. En la radio escuché llamadas en otro idioma, luego disparos al despegar. Perdí aire en las llantas y, tras atravesar una nube de humo, tuve que forzar el aterrizaje.

Estrellé la avioneta en una calle en ruinas en medio de un tiroteo. Corrí y me refugié en la única edificación que quedaba en pie, me dormí agotado, con un calor sofocante. Al despertar, estaba atado y amordazado, pero un baldazo de agua me revivió. Observé que unos felinos hubiesen sido más piadosos.

Mis músculos se retorcían, salía humo, y no entendía qué querían de mí. Mandé un cordial saludo a todas las mujeres de la familia del hombre armado. Uno de ellos se comunicó conmigo en mi idioma, explicó mi situación y todos se rieron. Me dieron agua y me dejaron ir. Al salir, el calor me cegó; entonces aparecieron nuevos disparos, quedé sin sombra, y me derrumbé. Miré al cielo e imaginé un futuro triste, violento y abrasador. No podía vivir allí. Me fui al muelle olvidado, robé una embarcación y partí sin rumbo, brújula o carta de navegación.

Dormí varios días en el mar, con la boca reseca. Una señorita rubia, de belleza angelical, me despertó con delicadeza. Nuestros idiomas no coincidían, pero ella usó señas y logramos comunicarnos. Me llevó a una cabaña junto al mar, donde las liebres correteaban y parecía un cuento de hadas. No temí a ninguna bruja, porque, según ella, ya habían sido quemadas siglos atrás.

Pasamos varios días aprendiendo trozos de su idioma, por las mañanas yo recogía leña y ella amasaba queso de cabra con harina y servía vino. Me decía que eso me hacía fuerte y grande, aunque no comprendía muy bien. Por las tardes, ella recogía flores, lavaba ropa en un arroyo y tejía en la cabaña. Aquella noche tranquila, los lobos aullaban, el frío sugería abrigo… ella tenía frío, y me pidió calentar su lecho. Me encontré con su piel suave, su aliento dulce y su cabello dorado. La química, la física y la fisiología hicieron lo suyo. El encuentro fue magnífico, y ella prometió amor eterno.

Por momentos, el lugar parecía perfecto: armonía, belleza, paz. Sin embargo, mi búsqueda continuaba. A la mañana siguiente dejé una carta, tomé mi bagayo y partí.

Caminé horas hasta encontré unas vías de ferrocarril y las seguí hacia el este, recordando cada instante vivido: el bosque y la cabaña eran lo mejor, pero tenía que continuar. Llegué a un poblado antiguo, la estación estaba arruinada. Solo dos personas esperaban: una al oeste, otra al este. Mi intuición me mandó al sol, así que salté al vagón, escapando del guarda.

El paisaje cambió: vegetación diversa, fauna nueva, montañas, aves multicolores junto a mi ventana. Abajo, manadas de equinos y criaturas acuáticas. Hasta un elefante apareció cerca de las vías. El viaje en tren fue de lo más maravilloso, y me entristeció bajar.

Continué a pie hasta un lugar cálido, húmedo, con gente pequeña y hospitalaria, aunque recelosa. Me acerqué, solo escuché onomatopeyas. Ellos me guiaron hasta una edificación escalonada. No conté bien los escalones por la confusión...

Dentro, un niño susurró onomatopeyas, otros aplaudieron, y me ataron a una caña de bambú, transportándome entre cánticos. Me sentí tranquilo pese al riesgo. De pronto apareció un mono gigante, y corrieron aterrorizados, dejándome caer. El mono resultó simpático, me dio sopa en lugar de comerme, luego me cargó. Así continuamos el viaje: yo como equipaje.

Entre lianas y ramas cruzamos la selva, emocionante y peligrosa, hasta llegar a un clan de seres similares. Un golpe en la espalda me sorprendió: habíamos llegado. Me examinaron, olfatearon, y descubrí que una hembra de ojos lindos me había adoptado. Me dejó en una rama con comida, y me dio palmadas en la cabeza como muestra de afecto.

Los días fueron tranquilos. Me adapté a llevar vida de primate: nadar, descansar en copas de árboles, esperar alimentos, dormir en hamaca con la paz de jungla.

Aunque me integré a la perfección, no pertenecía del todo y eso me preocupaba.

Un día corrimos alertados por un sonido ensordecedor. Un macho de mi clan se abrió el pecho y derramó su sangre para que los otros pudieran escapar, aunque ninguno lo consiguió.  La humanidad me rescató otra vez, me curaron en un hospital improvisado, donde reflexioné sobre cuál sociedad le hacía bien a un hombre que busca su destino

Recordé mi hogar en el bosque con la hembra humana, y decidí regresar. El viaje de vuelta fue breve, imaginé todo lo que haría. Al llegar, vi niños jugando, aroma de pan recién horneado, puertas abiertas... hasta que ella apareció con un montañés barbudo con escopeta. Al preguntarle por su promesa, me dijo que aún me amaba, pero que ahora pertenecía al otro. Me sentí estafado, defraudado, sin esperanza, y sin lugar en el mundo.

Sin sociedad otra vez, volví al mundo cruel. Con canas, sin lugar, entendí que la sociedad ideal tal vez solo existió en breves momentos. Quizás no existe una comunidad perfecta, aunque mi esperanza persiste.rmé mi equipaje y me embarqué, no importaba hacia donde, lo único que importaba era que sea con destino a una sociedad distinta, y así, me encontré navegando durante un tiempo; en alta mar me di cuenta de que la tripulación de aquella embarcación también tenía un modo de vida distinto al mío, y por un momento la idea de vivir navegando me sedujo un poco, pero luego razoné que en esa forma de vida no había espacio para el arte, y ya no me gustó ¿Cómo voy a navegar constantemente sin asistir a un concierto en el momento en el que tenga ganas? Mejor sigo buscando… 


lunes, 1 de julio de 2019

Esférica Princesa Cruel





Hoy es un día de sol, y bueno... se supone que para algunos eso es bueno, y para muchos no. La cuestión está en encontrar el equilibrio y el respeto mutuo. Pero lo más importante de todo es que, al despertarme, intenté escuchar un poco de música. Sin éxito, no me quedó más remedio que hacer uso de la tecnología para buscar alguna canción.

Entonces, apareció frente a mí el Messenger, ese maldito programa cursi que usamos los soñadores. Allí encontré un mensaje de una mujer. Ahora bien, en este punto tengo que detenerme: para bien o para mal —o como dice esa canción de Paz Martínez—, el hecho es que esta hembra terrícola es un signo de interrogación, un signo de admiración, un punto y coma, una diéresis, y hasta una onomatopeya.

De más está decir que la objetividad, que en este caso está en manos de un ser accidentalmente subjetivo, puede convertirse en una derivada, una parábola, o cualquier tipo de función matemática de esas incomprensibles de tan lógicas que resultan.

Una hembra, una canción y un ser subjetivo... de más está decir que las explosiones y las interrogaciones son corrientes en estas historias. Pero esa poesía que entre ellos (casi) existió, resultó ser un reflejo, y por lo tanto, la química, la física y la gravedad entraron en contacto y se fusionaron. Porque un reflejo no es más que una consecuencia.

Y cuando no alcanzan la astrología, la astronomía y demás astros, siempre existirá una canción. Así, esta canción: Una poesía que descubre que el desengaño puede ser anterior a la ilusión y comenzar donde todo debería terminar. (No hay mejor definición de la situación.)

Entre ella y él —la hembra terrícola y el ser subjetivo— millones de obstáculos, desilusiones, encuentros y encrucijadas.

Alguna vez se dijo que para entenderse no hace falta hablar el mismo idioma. Que el cielo no existiría si no existiera el infierno. Y millones de metáforas que durante años los poetas explotaron. Pero en definitiva, los caminos siguen siendo dos: pelear contra la naturaleza o seguir adelante en la medida en que la fe lo permita, hacia el camino opuesto.

Digamos que de algún modo, o de otro, el final siempre se puede encontrar. El fin existe, tiene su razón de ser en todas las direcciones. Pero los comienzos, los principios, nunca sabemos en qué dirección están, o si los vamos a aceptar.

Así que, entre una mala obra de teatro y una partida de bingo, no hay quien garantice que algo malo no ocurra. Si a uno le sobran escrúpulos, a otro probablemente le falten.

Finalmente, existen. Los dos. La hembra terrícola y el ser accidentalmente subjetivo. Están cerca. Y aunque la fusión y la resistencia sean fuertes —aunque los astros no funcionen—, algo ocurre.


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